Por Juan Carlos Onetti
Las manos en la espalda, su pipa entre los dientes, Julián Chapars estaba de pie junto al estanque, cuyas aguas reflejaban el cielo gris, y los ramajes melancólicos de los sauces de donde partÃa el rumor de los pájaros. El reloj pulsera de Chapars señalaba las seis de la mañana. Habiendo cometido su crimen la vÃspera, a las ocho de la noche Chapars calculaba, diciéndose que era un asesino desde hacÃa diez horas.
Se oyó decir a sà mismo, casi en voz alta:
—Ya hace diez horas que Fernando es un cadáver…
Lanzó una rápida mirada a su alrededor. Nadie. Encogió los hombros. Sus pensamientos dieron marcha atrás. Volvió a verse en la noche anterior, cuando se encontró en una calle casi desierta al pobre Fernando.
—Hola, primo. ¿Cómo va eso?
Fernando iba a pie, mientras que él manejaba su lujoso automóvil. Fernando se acercó al coche.
—Es una suerte encontrarte, Julián. Hace bastante tiempo que te estás burlando de mà con tus promesas de pago… Acaso piensas que un hombre de trabajo como yo debe ser explotado por holgazanes de tu especie. Pero estás equivocado. Estoy resuelto a pedir el embargo. Aquà tengo tus cheques sin fondo, mÃralos. Tus letras protestadas, tus cartas, en fin… Y si saqué todo esto de mi caja fuerte es con el fin de entregarlo mañana a primera hora a mi abogado.
La emoción dejó a Julián sin habla, con las manos crispadas en el volante. Se rehÃzo al fin:
—No vas a hacer eso, Fernando. No lo vas a hacer porque dentro de diez horas te pagaré hasta el último centésimo. Tengo el dinero en casa. Alquilé una casita por el verano, en Atlántida; allà tengo el dinero. Vamos a comer juntos y te pagaré todo. Total… Estás solo en la ciudad, tu mujer está en el campo… Vamos.
—¿Estás seguro de que tienes ese dinero? ¿Todo?
—Si no lo tuviera… Vamos, arriba.
—Es asombroso. De ti se puede esperar cualquier sorpresa.
Fernando subió al coche. El viaje transcurrió sin novedades siguiendo la costa. Al fin se detuvo el coche en una carretera aislada, perdida, entre la vegetación. Un camino particular, sin duda.
—Es un lugar encantador —dijo Fernando, amable por la perspectiva de cobrar su dinero.
—SÃ, es difÃcil encontrar nada mejor. Te traje hasta aquà para que veas una propiedad que pienso comprar.
Julián hablaba sin saber lo que decÃa. Buscaba ganar tiempo. Desde el primer momento, un problema lo preocupaba. ¿Cómo harÃa para matar a su primo acreedor?
Fue el mismo Fernando quien lo sacó de dudas, ingenuamente:
—FÃjate en ese estanque[1]. Si compras un terreno aquà deberÃas tratar de asegurarte el uso del estanque.
—Ya es mÃo, o casi. La mitad del estanque me pertenece.
Frenó el coche e invitó a Fernando a bajar.
—Un momento. Ya que te gusta tanto la pesca, podrás ver piezas magnÃficas a dos metros de la superficie, entre dos aguas.
Sin ninguna desconfianza, Fernando habÃa seguido a su primo. Se acercó al estanque y recibió un golpe terrible en la nuca que lo desvaneció.
Cinco minutos más tarde el primo acreedor dormÃa para siempre en el fondo del estanque, lastrado con enormes piedras de más de treinta kilos cada una, bien sujetas por gruesos alambres robados a un cerco vecino.
Terminada su macabra tarea, Julián llegó hasta la casa que habÃa alquilado, a un kilómetro del estanque. Los cheques sin fondo, las letras protestadas, las cartas, todo habÃa sido convertido en cenizas.
Pero habÃa dormido muy mal y a la madrugada se levantó para revisar el automóvil y examinar el estanque. No tenÃa ninguna inquietud, en realidad. HabÃa procedido sin armas; no habÃa dejado huellas. Su crimen habÃa sido un crimen perfecto. Nadie podÃa saber que se habÃa encontrado con su primo Fernando. Antes de dar el golpe, habÃa observado cuidadosamente los alrededores. Nadie. No, no tenÃa miedo de nada. Estaba tranquilo. Pero tenÃa ganas de pasearse, en aquella hermosa mañana. ¿Por qué no ir entonces hasta el borde del estanque? No iba a dejarse impresionar por la teorÃa que muestra al asesino atraÃdo por el lugar del crimen. No era un asesino común, por otra parte.
Claro que la desaparición de Fernando no pasarÃa en silencio. LlamarÃa la atención en la fábrica, avisarÃan a su mujer, publicarÃan retratos en los diarios. ¿Y después? A nadie se le ocurrirÃa buscar en el fondo de este estanque abandonado.
A esta idea, el asesino no pudo menos que reÃrse.
Era necesario que los criminales corrientes fueran muy brutos para dejarse atrapar en la mayorÃa de los casos. Preparaban largamente sus crÃmenes, medÃan las posibilidades, trataban de preverlo todo… ¿Resultado? PermitÃan que fuera encontrado el cadáver y terminaban en la guillotina. Mientras que él, Julián Chapars, no corrÃa ningún peligro, absolutamente ninguno.
Volvió a reÃrse alegremente. Pero su risa se cortó de golpe.
—¿Qué tal, señor Chapars? Está contento esta mañana, ¿eh?
El asesino se gira y se encuentra cara a cara con FermÃn, el guardabosques del señor Sandoval, dueño del estanque.
—Lindo dÃa, ¿eh? —comenta el guardián.
—SÃ, bastante…
Haciendo un esfuerzo, Julián llegó a dominar sus nervios. Su temor no tenÃa ningún sentido. No habÃa ningún peligro para él. Aquel encuentro era completamente natural. Preguntó.
—¿Cuánto se cobra, don FermÃn, por un permiso de pesca en este estanque?
—Cinco pesos. ¿Es aficionado a la pesca, señor Chapars?
—Y… podrÃa empezar…
—Lo malo es que este año no sacará gran cosa del estanque.
—¿Por qué?
FermÃn se pone a reÃr:
—Pues porque no habrá nada.
—No entiendo lo que quiere decirme…
FermÃn levanta su bastón y señala hacia el camino. Julián vio un camión que se acercaba en dirección al estanque.
—Este camión —dijo el guardián— trae a los obreros y los materiales necesarios para vaciar el estanque…
—¿Cómo…?
—Pero sÃ. Cada tres años el señor Sandoval manda vaciar el estanque. Eso se hace muy pronto. El agua pasa hacia aquel arroyuelo. Los pozos se secan mediante bombas aspiradoras. Va a ver cuánto pescado se saca. Canastos y canastos. Esta tarde estará aquà todo el pueblo; venga usted también. Es muy interesante.
El asesino vio detenerse el camión. Los obreros bajaron, descargando su material. Un sudor frÃo bañaba el cuerpo de Chapars. Balbuceó:
—¿Cree usted que los policÃas estarán ya en funciones a esta hora?
Y luego de oÃr la respuesta afirmativa del guardabosques, que no entendÃa el porqué de la pregunta, el asesino se puso en marcha hacia su castigo.
[1] Espacio construido para recoger el agua, con fines utilitarios, como proveer al riego, criar peces, etc., o meramente ornamentales.

Juan Carlos Onetti nació en Montevideo, Uruguay y murió en Madrid, España (1909 – 1994).
Periodista y novelista, considerado uno de los narradores más importantes de su paÃs y de la literatura hispanoamericana.
Entre sus principales obras están: El pozo, Tierra de nadie, Para esta noche, La vida breve, Los adioses, Para una tumba sin nombre, La cara de la desgracia, El astillero.