Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C
Cuando asistimos, tranquilamente, a los Ăşltimos escrutinios de la vida, recordamos en cuántas elecciones participamos, para concejo, asamblea, cámara, senado y para presidente, pero siempre como votante, nunca como candidato. Dios nos dotĂł del don de la palabra, lo empleamos mejor para hacernos maestros y generar cambios de comportamiento en los alumnos,mediante el proceso enseñanza aprendizaje. Â
Nuestra generaciĂłn es especialista en escuchar, nos enseñaron que el silencio es expresiĂłn de madurez espiritual, que podemos vivir y sortear los problemas e inconvenientes, pero nos quedan grandes,las palabras hirientes. Eres lo que dices, somos esclavos de los discursos pronunciados y amos absolutos de nuestros silencios, pues de la abundancia del corazĂłn habla la boca. El silencio es poder cuando se escucha con el alma, por mis palabras me juzgarán y ellas se encargarán de condenarme o ser mi salvaciĂłn, en efecto, tienen mucho poder esencial, y adquieren dimensiĂłn cuántica cuando tĂş me las dices con amor, pero te desconozco cuando adquieren otro calibre. Porque cuando se pierde el control de la lengua, aparece la necedad, el disparate, y se dicen insensateces, que bien parece que no es el humano quien habla, sino la torpeza con voz y voto. Y pone en serios problemas al sistema cardiaco, no solo fĂsicamente, sino en su dimensiĂłn trascendente. Es la eterna dicotomĂa entre el necio y el sabio.
Me parece estar oyendo a mi abuelito decirme todas estas frases, hace apenas unos ocho pisos de la existencia, y aplicamos muchas en este trajinar, la diferencia radica en que cuando ellos las decĂan significaban supervivencia, eran necesidad vital, condiciĂłn para sobrevivir. Recordamos que decir palabras con ira, o repetir hechos incompletos, parciales, que llevaban a malos entendidos, propagar un chisme, decir algo que no cambiaba nada, ni era nada nuevo, nos complicaba la vida, era demoledor y discriminaba. Es verdad, totalmente cierto, cae primero un mentiroso que un cojo, a todos de niños o jĂłvenes nos pasĂł que por abrir la boca cuando no debĂamos, o era mejor quedarnos callados, nos vimos en calzas prietas. TambiĂ©n me parece sentir la pela que me pegĂł mi papa cuando contĂ© lo que vi en la tienda, ese domingo por la tarde, por hablador, chismoso y metido. Â
Palabras tan solo palabras, cuántas hemos pasado y vivido juntos por su culpa, nos proporcionaron muchas alegrĂas y satisfacciones, tambiĂ©n nos ha tocado, ahora Ăşltimo, lidiar con unas palabrotas que envidio la suerte de los sordos por conveniencia. Afortunadamente, ellas siempre han tenido un compañero sentimental inseparable, valioso, que nos ha salvado de muchas situaciones cruciales que inclusive, han puesto en peligro la vida, es el Silencio. Y hay muchas clases de silencios, el vacĂo, el de los estudiantes en clase, un profesor decĂa, parece que pensaran en los huevos del gallo, o cuando tĂş hablas conmigo, ahora es el silencio de cuatro amigos sentados en una mesa y cada uno mirando el celular. El agresivo, te escucho, pero no te pongo cuidado, quisiera que esta conversaciĂłn se terminara ya, o esa conferencia, o la cita con el odontĂłlogo, y siguen los amigos esperando que llegue la comida, cada cual en lo suyo.
Aparece en escena el silencio reflexivo, cuando, me pones cuidado, me escuchas, intervienes, aportas, esperas a que exponga mi propuesta, y definimos acciones a seguir. No estoy hablando de ciencia ficciĂłn, en algĂşn momento de la vida en pareja, eso sucediĂł. En nuestro grupo de adulto mayor aprendimos a conversar, a escucharnos con atenciĂłn y amor, se acabaron las diferencias, cuando estamos reunidos, somos una familia y si nos encontramos en nuestro diario caminar, nos detenemos a saludarnos, nos contamos anĂ©cdotas, historias. Tengo compañeros de estudio de primaria en la escuela Olaya Herrera, del barrio “La Pola”, de bachillerato en el Rufino J. Cuervo, de la universidad. Alumnos,cuando fui maestro de la escuela ciudad Armenia, de la ciudad Milagro, del barrio el Placer, de Salento, de Calarcá, y en la Bella. Del Rufino, San Solano, San Luis Rey, de la EAM, de la Universidad del QuindĂo. Siempre fueron 43 años de docencia.
Y el silencio moderno, el de los audĂfonos, de todos los tipos. Estamos rodeados de hipoacĂşsicos, todos han acudido al otorrinolaringĂłlogo y les han recetado estos aparatos, y no se los ponen, o solo de vez en cuando, pero prefieren que les repitan y cada vez más duro para poder oĂr, a usarlos. En su grupo familiar o social ya los conocemos y sabemos cĂłmo conversar con ellos, es una audiencia que cada dĂa crece más. Y están los modernos, que andan por la calle o en el centro comercial con esos aparatos en los oĂdos y hablando solos, y para poder hablar con uno tienen que quitarse un adminiculo de la oreja. Para que vea pues, mi querido Gabriel. Al paso que vamos es mejor quedarnos en silencio, en mute, es muy sanador.