Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C
Tanto hemos escuchado, hablado, expuesto en charlas, conferencias, conversatorios, y otras expresiones en público, que los problemas son oportunidades que la vida nos da, para superarnos. Pero de todo lo expuesto, lo cierto es que lo único que no tiene solución, es la muerte, y eso lo vivimos en la pandemia en vivo y en directo, y con familiares. Para todo lo demás aparecen salidas, puertas que se abren, y toda una retórica, propia de una predica religiosa. Surgen historias que rayan en lo inverosímil, pero todos sabemos que son verdad, que eso sucedió como lo plantea, nuestro contertulio Ovidio, quien nos narró esta historia.
Era el director y propietario del noticiero de la noche, en televisión. Número uno en sintonía y credibilidad. Corría el año de 1.984. y le apostó, alma, vida y sombrero al candidato presidencial de ese año. Tanto que los últimos cinco minutos los dedicaba a hacer campaña presidencial, de frente, descaradamente, en favor de su candidato. Y perdió, le quitaron la publicidad oficial y la privada también, se vino abajo, cayó en bancarrota, le cayeron todos los acreedores, cerró el noticiero, pero las deudas siguieron en el aire, mejor en la tierra. Y de vivir en barrios elegantes del norte, se refugió en una pieza de hotel, al sur.
Vivía de escritos esporádicos, casi de la bondad de un tendero, del carnicero, el del bar de la esquina, del guachimán de la noche, del portero del hotel, que fueron sus nuevos amigos y mecenas, con altos intereses. Prestaba para pagar, pero escribía y algo le remuneraban, y de vez en cuando lo visitaban amigos que le llevaban provisiones duraderas, como enlatados, y algo de dinero. Afortunadamente no tomaba, no tenía con que, no jugaba, no le alcanzaba, solo chance y de vez en cuando, lo mínimo que podía apostar. Nunca ganó, pero su fe no tenía deudas con nadie y se mantenía firme.
Nosotros escuchando esta historia, la piel se nos crispaba, pero mirábamos a don Rafael y quienes lo conocíamos desde que llegó a la empresa, sabemos por todas las que ha pasado y está vivo, y como le parece la nieta de la señora Yolanda, que cuando nació, sietemesina, medía 20 cms. y pesaba 410 grms. y hoy tiene 10 años y cursa quinto de primaria. Mejor dicho, cada uno de los 22 asistentes somos un verdadero milagro, somos testimonio de la misericordia divina. Como le parece que a Celso lo declararon muerto y estaba en la morgue, cuando llegó el médico forense a llenar los formularios de los difuntos, se encontró que Celso estaba muy vivo, y ahí está sentado, es adicto al juego de bingo.
Desde luego que seguía viendo televisión y los noticieros, el de las siete de la noche del doctor Abella, con sus “fuentes de alta fidelidad” y el de las 9 y media, Noticiero Suramericana, con Hernán Castrillón, como locutor. Le tocó ver la avalancha de Armero y la toma y retoma del Palacio de Justicia. El que era protagonista de las noticias, ahora las vio y escuchó, enfundado en una cobija vieja y deshecha como cualquier parroquiano común y corriente. Eso era él, en estos momentos. Y en alguno de los noticieros, escuchó una noticia que le interesaba, la amnistía por pargo de los intereses de mora y algo de capital, a la dirección de impuestos nacionales. Si quería ser alguien en Colombia, otra vez, tenía que pagar esa deuda, el total era un millón de pesos, en 1985.
Víctor tenía un ángel en el cielo, se casó con una hermana del hombre más rico de la región, pero él tenía la increíble virtud, que todo negocio que emprendía lo quebraba y fueron muchos los que inició. Ella se cansó de ayudarle, se separaron, se volvió escritor y escribió unos libros de más de quinientas páginas, estaban solo en las bibliotecas de las universidades, fuimos muchos los compañeros que le servimos de fiadores en sus aventuras literarias. Un día se murió su esposa y dejó testamento. Heredaron sus dos hijos, a Víctor una casa muy grande, y de mucho valor, la vendió, pagó las deudas de bancos e impuestos y se ajuició, ahora lo vemos jugando dominó con nosotros. Y Marco Fidel que hasta taxista fue de noche, lo atracaron, lo dejaron tirado por muerto y aquí lo tenemos. O Ignacio, o a Martín, esa vez que lo encontraron en el bosque sin sentido, y con burundanga en su sangre, estuvo muy mal, se recuperó y todos los sábados juega tejo en la “floresta”.
Un millón de pesos en esa época era mucha plata y sobre todo para invertirlos en un don nadie. Pero dos vecinos creyeron en él, lo rescataron, le pusieron condiciones, la primera dejar de sentirse derrotado, creer que se puede resurgir como un ave fénix, el fondo es mental, y esa no está en quiebra. Quemó las naves de la desesperanza, y ese libro que estaba escribiendo, cuyo contenido no dejaba títere con cabeza en la política colombiana, y después “me suicido”, como repetía a voz en cuello. Empezó a escribir su nueva vida, sin descanso plasmó en letras de molde su resurrección del mundo de los ignorados, o auto despedidos del camino de la vida. Efectivamente, le aceptó a los señores la nueva oportunidad, vivió para ser un milagro en vivo y en directo, estuvo varios años trabajando desde el anonimato, hasta que desaparecieron los chepitos de su vista, hoy lo tenemos entre nosotros y todos sabemos de quien les hablé, concluyó Ovidio.
Porque en estas últimas páginas de la existencia hemos vivido tantos milagros, que cada nuevo día es algo portentoso y providencial. Poder decirle a mi compañera de estos 55 años, gracias por que llegué a la vejez y estás conmigo.