Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C
Ante el inmenso mundo del metaverso, presenté la solicitud de renovación de mi patente para seguir construyendo historias de la cotidianidad de Armenia y el Quindío. Exigían como mínimo, la presentación de tres recuentos documentados, con la visión anecdótica y recreativa acostumbrada por este solicitante y los temas propuestos eran, el terremoto de Armenia, la pandemia y una historia personal, individual, que puede ser la tuya, mía, o nuestra.
Fueron tan solo 28 segundos de duración con una magnitud de 6.1 sucedido a las 1.19 p,m, del 25 de enero de 1.999, generando una destrucción masiva en el eje cafetero y la reconstrucción no ha terminado todavía, hay muchos lotes y edificios en ruinas, que nos lo están recordando. Causó la muerte de más de 1.200 personas, dejó más de 8.500 heridos y destruyó unas 35.972 viviendas, provocando una crisis humanitaria y económica con pérdidas superiores a los 1,600 millones de dólares.
Esta semana se conmemoraron 27 años de ese suceso que ocasionó el colapso del 75% de las edificaciones en Armenia, incluyendo escuelas, hospitales, la Alcaldía, el aeropuerto El Edén, las galerías, barrios enteros, condominios y estaciones de policía. Más de 200.000 personas quedaron sin hogar, forzando el uso de «cambuches» y albergues temporales y generó traumas profundos en el tejido social de la población. No hay habitante de esta región, que no tenga una historia que contar del terremoto de Armenia y el Quindío. “pero estamos vivos”, era la expresión corriente y a flor de labios. Al año siguiente el profesor Hernán Rodríguez publicó un álbum con fotos e historias de ese fatídico momento, pero no corrió con apoyo tipográfico y en cada aniversario recreamos esos segundos de destrucción masiva, leyendo su texto. Y hay muchos libros escritos sobre este suceso que nos cambió la vida a todos. La misión y decidí aceptarla, es escoger una de las tantas historias alrededor del terremoto para anexarla a mi solicitud.
El 6 de marzo del 2020 se inició la pandemia en Colombia, y el 25 de marzo se decretó la cuarentena con encierro total de la población colombiana, y se prolongó hasta el 1o de Septiembre, con periodos de libertad para transitar por el barrio, la comuna, y después en la ciudad, realmente, fueron tres meses de encierro absoluto, estricto, en el apartamento, en el condominio. Ocasionó más de 150.000 muertes en Colombia. No hay habitante de Colombia y del mundo, que no tenga una historia que contar de lo vivido durante esta terrible enfermedad, sea porque fue paciente, sobreviviente, vacunado o no, el universo se paralizó, pareció que la vida se detuviera, sin distingos, miramientos, no valieron fortunas, ruegos, oraciones, este virus arrasó con todo y con muchos. Las cifras crecían, las vacunas escaseaban, los datos cada día alarmantes. Y sobrevivimos. La misión y decidí aceptarla, es escoger una de las tantas historias alrededor de la pandemia, para anexarla a mi solicitud.
Parecía un tema fácil de abordar, una historia personal, extraída del amplio catálogo de experiencias vividas a lo largo de 70 años de existencia. Y tenemos 40 voluntarios dispuestos a contarnos sus hazañas de todo tipo, “diga no más de que quiere que le hable, aquí tenemos de todo, y para todos los gustos”. Pero el menos, sugerimos que fuera una historia reciente, de los últimos años, nada de un pasado lejano.
Y empezamos con preámbulos que sintetizaban narraciones sin término, tantas respuestas que estaban listas, pero nosotros no estábamos listos para entenderlas, estuvimos en una rueda de hámster emocional, espiritual. Y conocimos una crónica de todo el poder interior, la resiliencia, la valentía y el control emocional, puestos en acción. Aprendimos que Dios no responde a la ansiedad, a las angustias, responde a la fe, porque Él trabaja es desde la demostración de esta virtud, con mente y corazón. Oímos del poder del descanso, sin desesperación o angustia, con actividad trasformadora. Del valor de los procesos sin reparar en resultados, porque la semilla implantada era de muy buena calidad, se arraigaron las raíces y hoy se recogen frutos de trascendencia. Soportamos el silencio, porque aprendimos que la espera no es fracaso, la puerta se abre al final del camino, los tiempos nuestros no coinciden con los del Hacedor. Muestras magnificas de la constancia, persistencia, porque no todo madura al mismo tiempo, y cada etapa de la vida trae su lenguaje. Porque la historia vivida no es por castigo, es por bendición, redención y restauración. Amores perdidos y vueltos a encontrar al final, como una montaña rusa, o una rueda de Chigago, sentimientos de culpa irredentos e interminables.
Escuchamos con testimonios, que primero es necesario cambiar, modificar comportamientos, renovar mentalidades, y después aparecen las oportunidades, no al contrario. El tiempo no es un enemigo, es un entrenador, son formas de vivir, aceptamos las respuestas de la vida, porque no le temíamos a las preguntas, a las incógnitas. Es necesario avanzar, pero primero es imprescindible sostenerse, vivir los procesos sin angustias, los silencios sin permisividad, con discernimiento. Hablamos desde diferentes lugares internos, no todos los pensamientos que nos llegan, merecen quedarse. Y siguen mas datos de otros contertulios, cada frase es una vida hecha palabras con sentido, infinito, perdurable. Las canas son narraciones tejidas con hilos de plata, en la cabeza de un adulto mayor.
Me espera una buena tarea, la misión y decidí aceptarla, es escoger una de las tantas historias personales, mía, tuya, nuestra, y anexarla a mi solicitud. Para el efecto les pido una licencia no remunerada por un corto tiempo, para retirarme a los cuarteles de invierno a un retiro espiritual y recargarme de vida, para seguir adelante, me deseo buen viento y buena mar.