Algo pasó camino a casa

Por Manuel Gómez Sabogal


Puede sucederle a cualquiera, pero me pasó a mí. En esa época, mi familia residía en Cali y yo aquí, pues laboraba en la Universidad del Quindío. Viajaba cada fin de semana, los viernes y regresaba domingo o lunes en la mañana.

Un viernes, me encontré un amigo, quien iba para el terminal y le pregunté que para dónde viajaba. Inmediatamente, me contestó que para Cali. Yo le respondí que estábamos de buenas, porque iba a visitar a mi familia y qué mejor que viajar acompañado. Nos iríamos conversando y observando el paisaje.

Dicho y hecho, mi amigo se subió al carro y continué mi viaje en buena compañía, imaginé. Pasé por todos los peajes y nada me dijo al respecto. Sin embargo, yo no vi problema alguno. Igual, yo tenía planeado el viaje y estaba preparado. Me preguntó:

  • ¿Qué va a hacer a Cali?
  • Allá tengo mi familia. Y ¿usted a qué va?
  • Quiero pasear, descansar unos días.
  • Me parece bien. Es buena idea…

Y así, continuamos la charla y el viaje. Se hizo agradable y rápido, pues ni nos detuvimos a tomar o a comer algo en el camino. Estábamos muy engolosinados en la charla y en contar anécdotas de diferentes momentos.

Al llegar a Cali, le pregunté:

  • ¿Vas a algún barrio, algún sitio, alguna parte en especial?
  • No, voy para su casa…

Quedé un poco despistado por la respuesta, pero volví a inquirir:

  • En serio, ¿dónde lo dejo, alguien lo espera?
  • No, nadie, no tengo amigos aquí. Voy para su casa…

Y así, llegamos a mi casa y, mi familia un poco desconcertada, pues no les había avisado (yo tampoco sabía). Apenas tuvieron tiempo y organizaron una habitación para que se pudiese quedar mi amigo.

Pasaron dos días, salíamos a caminar por el sector, yo compraba algunas cosas en La 14 y regresábamos.

Al tercer día, me dijo:

  • Se han portado muy bien conmigo en su casa. Muy amables todos. Los quiero invitar a almorzar.
  • Hombre, qué pena. No se moleste. No hay problema. Tranquilo. Todo está bien y en casa están muy contentos con su visita.
  • No, vamos a la sexta. Yo los invito. Hay un restaurante italiano y yo sé dónde queda. No me pierdo y llegamos fácil.
  • Está bien. Acepto la invitación. Ya les digo.

Fue así como les dije que se arreglaran que íbamos a almorzar a la sexta. Que nuestro amigo nos iba a invitar.

Salimos y me orientó. Cuando llegamos a la sexta, me dijo:

  • Por aquel lado. Siga derecho y llegamos. ¿Ve aquel restaurante italiano? Vamos ahí enseguida. Es un restaurante con almuerzo casero muy bueno y barato…

Entramos a un pequeño restaurante de almuerzo ejecutivo, al lado del restaurante italiano que vimos con ansiedad antes de llegar. Se acercó el mesero e inmediatamente mi amigo le dijo:

  • Tráenos el ejecutivo de hoy.
  • Con mucho gusto.

Al terminar, salimos directamente a casa, agradeciendo al amigo por su gentileza y amabilidad.

Mi hija me miraba y yo entendía que no estaba como muy contenta ni con el almuerzo, ni con la visita.

De pronto y como por arte de magia, siendo casi las 4 de la tarde, mi amigo nos dijo:

  • Bueno, quisiera quedarme unos días más, pero debo irme a Armenia. Estoy muy agradecido con ustedes.

Casi al unísono, mi familia le contestó:

  • Con mucho gusto. Ha sido un gran placer.
  • ¿Le pido un taxi?
  • ¿No me va a llevar al terminal, Manuel?
  • El carro está sin gasolina…
  • Ah, bueno. Pidamos el taxi. Gracias

Salió mi amigo e inmediatamente, vino la crucifixión. Entre todos, me iban a matar…

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