Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya
Desde tiempos lejanos recordamos que, además de los sentidos tradicionales, tenemos unas voces internas, que nos mandan señales de alerta, nos previenen y hasta nos amargan la vida. La primera que identificamos fue, la “voz de la conciencia”, como la capacidad para darnos cuenta del algo, tanto externo como interno, percibir los fenómenos físicos, la moralidad y la aptitud de discernir entre el bien y el mal, el camino correcto y el incorrecto. Una guía interna indicando si una acción era moralmente aceptable o no. O sea, la radiodifusora de la conciencia, tenía la responsabilidad de decir, qué merecía recompensa, porque se portaba bien, o lo reprochable, para hacerse acreedor a la culpa, al remordimiento.
Recuerdo el examen de conciencia, requisito para acceder al sacramento de la reconciliación y después merecer la comunión.
Era más una experiencia subjetiva que un conocimiento compartido, una introspección, tenía influencia en los pensamientos, acciones, omisiones, y hasta en las intenciones de las personas. Ser consciente es un atributo de los humanos, y en aquellos tiempos idos, se adquiría el “uso de razón”, a los siete años de edad. Entonces podíamos razonar, pensar de manera lógica, comprender conceptos, discernir, todo asociado a la madurez mental. Pero lo aquí mencionado nos llegó muy tarde, mucho después de los siete años, puede que nos hubieran graduado de tener “uso de razón”, pero con todas esas características, lejos de ser como procedíamos nosotros, en la escuela y en algunos años de bachillerato.
La conciencia, en nuestros años juveniles, era la perfecta unión entre mente y cuerpo, con un tinte muy notorio de moralidad. Pero indudablemente, fue la puerta de entrada a la vivencia plena y nuestro contacto serio, a veces amargo, con la realidad tangible, palpable y verdadera. Empezamos a darnos cuenta de nuestra presencia en este planeta y de qué y para qué estábamos hechos.
Pero Ella no estaba sola, aparecieron unas señoras muy aseñoradas con muchos atractivos y sin ninguna prevención y sobre todo ilimitadas, libres, astutas, y muy atractivas. Como le parece la Imaginación, cuando tuvimos la dicha de pensar pensamientos, solitos, imaginarnos lo que queríamos, en nuestro cuarto o en el baño, yo con yo. Mira, ya voló la nueva compañera. Como seria que Einstein se atrevió a decir, “es más poderosa la imaginación que el conocimiento”. En el mundo del pensamiento no hay aquí ni ahora, espacio, tiempo, limites, afanes, circunstancias, es totalmente libre. Ausente de juicios, coerción, controles, no se reserva el derecho de admisión, accesible a los menores de edad, que son los grandes consumidores de la “loca la casa”, la imaginación. Y es gratis.
Y se trajo unas familiares muy allegadas, como son la creatividad, la innovación, el trasmutar, modificar, cambiar, mejor dicho, los pensamientos en acción. Mientras los pensamientos no se expresen, verbal, por escrito, en imágenes, mímica, con música, son perdidos para la humanidad. “Dime como te expresas y te diré quién eres”, porque de la abundancia de tu interior nacen las palabras. Experiencia es hacerlo cada vez mejor, no repetir un mismo año veinte, treinta o hasta cuarenta veces, haciendo lo mismo. “Muy alentados”, decía mi amigo Hernán, cuando nos presentaban un ejemplar así. Estoy completamente seguro que estos especímenes hace rato se extinguieron.
Otra vocecita interior muy activa es la Intuición que es la capacidad de llegar a conclusiones rápidamente sin necesidad de hacer muchas operaciones o elucubraciones mentales, comprender las cosas de forma instantánea. Es una especie de corazonada o presentimiento, que nos guía en la comprensión de situaciones nuevas. Percibir algo de inmediato sin intervención de la razón. Es un “sexto sentido” y se lo adjudicaron a las mujeres, intuición femenina pura. Y nuestras abuelas y más las madres fueron expertas, especialistas en predecirlo todo. Se lo advertí mijo, y no hizo caso, se fija, que una madre nunca se equivoca, e iba acompañada de la “terapia de la chancleta”.
Fueron estas propiedades la antesala del don más grande que Dios nos proporcionó, tomar decisiones. Todavía recordamos la pela que me pegó mi papá cuando le dije que no iba a esa reunión, o cuando llegué más tarde de la hora convenida, y siguen datos de otros barrios. Fue muy agradable, ensayar decir si, o no, menos quién sabe, o puede. Si o no, como Cristo nos enseñó, cuando antes era solo, sí señor, bueno señor, ahora hasta podía decidir por mí mismo. Como un familiar mío que se fue de la casa cuando tenía doce años y prefirió quedarse mejor en la calle, y estoy hablando de hace solo 60 años.
Y en este reallity del siglo XXI, los invitamos a que sigamos con este tema en el estreno de nuestra película “la vuelta al mundo en ochenta decisiones”. Próximamente en esta sala.