La metamorfosis del espíritu en ocho pisos


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya


Cuando cursábamos la educación primaria tuvimos la ocasión de presenciar el nacimiento y crecimiento de muchas especies animales, en especial los domésticos, que eran como parte de la familia. Presenciamos a los machos, montar o pisar las hembras, vivimos con ellas su preñez, el parto de las vacas, yeguas, marranas, perras, gallinas, patas, gatas, no, estás se remontaban para tener las crías y volvían con una manada de gaticos, Vimos a los pollitos despuntar los huevos para salir al mundo, y a los recién nacidos, caminar de inmediato o tirarse al agua. Asistimos a muchos partos que necesitaban ayuda humana, pero la gran mayoría eran las hembras solitas que daban a luz hermosos cachorros.

En el salón de clases teníamos espacio para sembrar huevos que se convertirían en larvas, después en crisálidas y al final una linda lepidóptera. Era la metamorfosis de la mariposa. Y nos aprendimos poesías, “mariposa vagarosa, rica en tintes y donaire, que haces tu de rosa en rosa, de qué vives en el aire, Yo, de flores y de olores, y de la espuma de la fuente y del sol resplandeciente que me viste de colores..” que venía en el mismo paquete con “manecita rosadita, muy experta yo te hare para que hagas buena letra y no manches el papel”, o esta otra, “patria te adoro en mi silencio mudo y temo profanar tu nombre santo, por ti he llorado y padecido tanto, como lengua mortal, decir no pudo.” No, me falta vida y espacio para recordar esas poesías infantiles.

Nos volábamos para la quebrada cercana a cazar huevos de ranas, nos los llevábamos para la casa y en un tanque con agua, veíamos como se convertían en renacuajos con cola y sin patas, para transformarse en una rana terrestre con patas y sin cola. Era la metamorfosis de la rana. También tenía poesía, “El hijo de rana, Rin rín renacuajo Salió esta mañana muy tieso y muy majo Con pantalón corto, corbata a la moda Sombrero encintado y chupa de boda. – ¡Muchacho, no salgas! – le grita mamá, pero él hace un gesto y orondo se va”. Nos sigue faltando vida y espacio para recordar esas poesías infantiles, cierto Pastorita. También vimos muchos huevos, larvas convertirse en insectos rastreros, voladores, como los indeseables moscos o las cucarachas, cucarrones, o las temibles avispas y sus aterradores nidos.

Los nacimientos a nivel animal eran totalmente normales, sin misterios, no así los partos de los humanos, desde el embarazo era todo guardado, secreto, hasta se decía “tiene una novedad”, y cuando nacía la criatura en ese entonces la mayoría de nosotros asistida por partera, los cuidados eran en extremo para la parturienta. Era verdad, permanecían cuarenta días en la cama y comiendo solo gallina, que bueno, y algo muy curioso, el niño se “ofrecía” a los vecinos, en mi caso, nadie me aceptó, porque nací y crecí con mis padres originales.

El desarrollo físico humano es un continuo vital completo, desde la concepción hasta la muerte, dividiéndose en etapas bien definidas. La prenatal, la concepción, el embarazo; la infancia hasta los cinco años; niñez 6 a 11 años; adolescencia 12 – 18 años; juventud 14 a los 26; adultez, 27 a los 59; adultos mayores luego de los sesenta años y vejez de los 75 años en adelante. Exactamente ocho pisos de existencia. Cada ciclo es muy significativo y está marcado por las experiencias vividas o dejadas de vivir y que definieron un rumbo, un destino, metas alcanzadas, logros, llenos de razones para vivir.

Hoy cuando vemos una dama embarazada no sabemos qué pensar, viendo la cantidad de incógnitas que encierra la vida en familia, pero por lo general, es admiración. Cierto que los nacimientos han disminuido, las uniones conyugales también, se cierran guarderías, preescolares, se abren veterinarias, más mascotas menos niños, aumenta la contracepción, se legaliza el aborto, se normaliza la unión libre, los novios conviviendo en la misma casa. Y faltan datos de otras comunidades.

Lo que distingue a los humanos en su evolución, no es lo físico, es lo espiritual. “cuando era niño, hablaba, pensaba y razonaba como un niño, pero al hacerme hombre dejé atrás lo que era propio de un niño”, nos dice San Pablo en primera de Corintios. Siguiendo esa tónica, ubiquémonos en las etapas antes mencionadas, de joven, te acuerdas hermano, que tiempos aquellos, 25 abriles, volver a tenerlos. Y luego cuando somos dos, un hombre una mujer, unidos por la fe y la esperanza, con frutos de la unión que Dios bendijo, a quien se quiere más sino a los hijos, son la prolongación de la existencia. Esa época productiva, el espíritu no cabía en el cuerpo, derrochamos amor, ahorramos juventud, no dimos el lujo de ser descreídos, pero un día Dios aumentó nuestra fe. Salíamos, entrabamos, fuimos bendecidos, perdonados. Aprendimos a comunicarnos de espíritu a espíritu, y contigo fui feliz. Los problemas son sendas espirituales que los tiempos buenos no proporcionan, en búsqueda de un final feliz. Y aprendimos a fuerza de golpes que Dios es más grande que cualquier problema humano.

Ahora que estoy muy entrado en años, cómo hablo, pienso y razono, lo cierto es que el final feliz esta vez mas próximo. Y tengo la ventaja que ya borré, eliminé muchos archivos, o recuerdos, vivo el día de hoy, porque esto también pasará.


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