Los juegos en que participamos


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C


Tan importante como la merienda o cena después de la comida, era sentarse a jugar tute, naipe, “surrungiar” una guitarra, tiple, lira, o violín. Los mayores jugaban dados, los cargaban en el carriel. Era una rutina saludable y amable el juego de cartas, pues creíamos que la vida es un juego, un reto, lleno de decisiones y aprendizajes, en el cual todos somos jugadores activos. Una noche ganaban unos, a la siguiente otros, lo que importaba era el rato ameno, y matizado de anécdotas, historias aventuras de la vida de joven.

Mucho más adelante conocimos los juegos de mesa, como el parqués, las damas chinas, la lotería, los rompecabezas y el rey de todos, destinado solo a los inteligentes, el ajedrez. Estos juegos fueron la antesala de los deportes, hasta que tuvimos que resignarnos, que lo importante era el estudio, aparecieron las actividades escolares organizadas al aire libre y los juegos de mesa se archivaron, volvimos a encontrarnos con ellos en las reuniones de familia.

Jugar en esas épocas juveniles colaboró en la formación de nuestra personalidad, aprendimos tantas lecciones, el saber ganar y perder, el participar, compartir, competir, terminar una competencia, obtener un premio eran recompensas edificadoras y transformadoras. Porque teníamos compañeros que no participaban en los juegos, preferían leer o conversar, por mas que los profesores o amigos los invitaban. La gran mayoría éramos muy activos, lo difícil era tenernos quietos, el abuelito decía “es mejor atajar que empujar” y eso se cumplió a cabalidad en nuestro caso. Total, el primer vehículo de movilidad que conocimos fueron los pies, caminar, caminar y caminar. Y esto se convirtió en el deporte básico, el atletismo. De niño hacíamos, todos los domingos, cinco kilómetros de la finca al pueblo, caminando, y entre semana nuestra vida era correr por los potreros persiguiendo terneros o huyendo de las avispas porque habíamos “toriado” su nido y faltan datos de los barrancos, guaduales y árboles.

En la universidad la vida se volvió seria. Los juegos adquirieron otro matiz, se convirtieron en deportes, filosofía, estilo de vida, actitud, formaron parte definitiva de nuestra personalidad, característica que diferenciaba, distinguía, clasificaba. Había deportes para todos, el ajedrez clasificó como actividad deportiva para los inactivos, que eran muchos. Inclusive era requisito de grado cursar créditos deportivos o culturales durante la carrera. En mi caso me destaqué en atletismo, en caminar, y muy poco en los otros deportes, pero los practiqué todos, muy regular gracias, pasemos esta página por favor, pero sigo caminado y haciendo 10 kilómetros diarios. Mis hijos sacaron la cara por mí, porque uno, fue campeón departamental de tenis y natación, y el otro participó en competencias de ciclismo con mucho éxito.

En otros escenarios levantamos trofeos, medallas, diplomas, placas, estuvimos en el podio en los tres sitios, en el top de los cinco o diez mejores, y derramamos mucho champaña entre los compañeros en la competencia por los placeres efímeros del éxito, el boato y el despilfarro. Y volvíamos a los entrenamientos con nuevos bríos y ánimo, nos concentrábamos, participábamos, pero la exigencia era no solo física, exigía mas mente, conciencia de la vida, tener los pies en la tierra, aterrizar, ser persona, no bastaba solo la capacidad física. La competencia empezó a demandar otras destrezas, otra indumentaria, otras camisetas y pantalonetas existenciales diferentes, otros representantes, patrocinadores, coequiperos. Y la primera vez sorteamos los requisitos, éramos jóvenes, la vida nos perdonó todos los desmanes y nos dio otra oportunidad que se renueva cada día, es un alargue, una manifestación de la misericordia divina. No ha sonado el pitazo final porque, como dicen los comentaristas deportivos, el partido solo se termina, cuando se termina.

Y hoy, en este monumental estadio cósmico en el cual nos encontramos, tenemos que aceptar que la vida fue un juego muy serio. Es el tiempo para derrotar premisas, paradigmas que nos dieron fortalezas, oportunidades, para vencer las debilidades y amenazas. Los tiempos suplementarios se agotan, queda la definición por tiros desde los inciertos últimos pasos, pero antes de ese último cobro, el definitivo, nos asiste una reflexión.

Mucho se habla de la importancia del presente, pero desde esta gradería de occidental, se nos alborotó la pensadera, y creemos que es hora de pensar en el final de los tiempos. Si tenemos una aceptable salud, a pesar de las EPS, si asisto a los controles respectivos, sigo las recomendaciones médicas, practico ejercicio, alimentación saludable, buena higiene del sueño, salud emocional y espiritual, soy agradecido, se puede saber cómo serán los últimos minutos del partido. Total, lo que trasciende es el espíritu, la materia se transforma, y creo, antes de que suene ese pitazo final, que lo mas grande en estos momentos es practicar el amor en el servicio, a ejemplo del gran Arbitro.


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