Los libros, en físico, son permanentes compañeros


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C


“Había una vez”, y eso bastaba para despertar la curiosidad y avivar la atención a lo que seguía de ahí en adelante. Todo era expectativa, suspenso, se cambiaba la voz, y nadie sabía el final. Las historias eran intemporales e impersonales, se podía cambiar de época y de personajes, pero casi siempre eran los mismos, el príncipe, la cenicienta, la bruja malvada, los pajes, los héroes, los vencidos, el final feliz, y en nuestro caso, los arrieros, los patronos, los fantasmas. Los maestros eran expertos contadores de cuentos infantiles, si se quería tener quietos un grupo de muchachitos revoltosos, cuénteles un cuento, profesor.

Todavía no se había inventado la ciencia ficción, pero con la irrealidad fantástica nos divertíamos y creíamos a pie juntillas en esos personajes de leyenda. La realidad para nosotros también era aburrida, era mejor saborear las hazañas de Ali Baba y los cuarenta ladrones, Aladino y la lámpara maravillosa, Peter Pan, las Mil y Una noches, Ricitos de Oro, los cuentos de los hermanos Grimm, Blanca Nieves, los tres cochinitos, el Gato con Botas, Pinocho, la Cenicienta, el Patito Feo, Caperucita Roja, la Bella Durmiente, la Bella y la Bestia, el Enano Saltarín, Aladino y la lámpara maravillosa, Hanzel y Gretel, el flautista de Hamelin, los cuentos del tío Conejo.

Pero con el correr de los días aprendimos que fueron primero los comics que los cuentos de los hermanos Grimm. Y nosotros fuimos fanáticos de Supermán, de Tarzán, de Hoopalong Cassidy, el Fantasma, Archie, Popeye el marino, Lorenzo y Pepita, Roy Rogers, Benitín y Eneas. Entonces había dos grupos, los que leíamos los comics, en una revistería ubicada en la calle 19, abajo de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, a cinco centavos el alquiler para leer ahí y a veinte para llevar para la casa, y los que leían los cuentos infantiles, en la escuela o colegio. Y otros que leíamos literatura infantil y las revistas.  

Nos falta vida y espacio para narrar todos los cuentos y revistas que leímos de niños, y nosotros tomábamos partido, teníamos preferidos, siempre odiamos al lobo de Caperucita, amamos la Cenicienta, “Ábrete Sésamo” fue filosofía para todos, soñamos con príncipes y princesas, y que tal con los héroes de los comics. En las fiestas de disfraces eran los preferidos. Y pare de contar estimado Gilberto, que se nos arruga el alma, pero se alegra la picaresca juvenil. Porque esas lecturas hacen parte de nuestra formación intelectual, es como si constituyeran parte de nuestra biografía autorizada para publicar.

Era una época visual, impresa, teníamos mucha producción de textos, “su majestad el libro”, de revistas, Selecciones, Cromos, Vanidades, Vea, Life, Time, Cosmopolitan, Playboy, Alternativa, Soho, hasta la revista “Luz”, que leíamos debajo de las cobijas o en el sanitario, cierto amigo Fabio.

Gran cantidad de periódicos, El Tiempo, el Espectador, el Siglo, la Republica, el Espacio, la Patria, el Colombiano, El País, el Pueblo, Diario del Quindío. Fuimos muchos los que aprendimos y nos motivamos a leer, gracias a los periódicos. Existían grandes bibliotecas públicas, y las privadas eran notorias, Parte del mobiliario familiar era los estantes para libros y fueron famosas las bibliotecas personales. Total, material y donde leer, nunca nos faltó. Y llegamos a tener grandes librerías, como la de Colombia Foto Club, de don Luciano Moreno, el Quijote, de la inolvidable Janeth, la de Lumartinez con el incansable Joaquín, y la pionera de toda, la Pio XII, de las señoritas Adela y Lucía.

Estamos de acuerdo con Humberto Senegal que los libros nunca mueren y es necesario leer “el infinito en un junco”, de Irene Vallejo, para entender y apreciar la fascinante vida de los libros, en físico, los que se pueden tocar y subrayar, comprar, intercambiar, comentar. Hace muchísimos años, compré un libro de psicología para mis estudios, y cuando llegué a la casa, mi madre lo había forrado de una manera delicada y con un papel celofán muy bonito para ella, pero para mi entorno escolar un poco discordante. Siempre he tenido un libro conmigo, ya no tengo biblioteca, porque los libros que leo, los comparto, o los dono, a un ensayo de biblioteca que hay en el hospital y que vez en cuando la abren, no son constantes.

Hemos pertenecido a varios talleres y clubes de lectura que existen en la ciudad, que son más que extraordinarios, cultores del bello arte de leer y escribir, restaurantes para el espíritu, recintos de paz para el inquieto caminante de la cultura escrita. Y en el museo Quimbaya encontraron su acomodo tranquilo, larga vida a estos centros literarios.

Por efectos de la grave edad, y la natural desactualización, desconocemos como se fomenta en las escuelas y colegios, la lectura y la escritura. Sabemos por experiencia directa que muchos compañeros nuestros, cuando se pensionaron, regalaron sus bibliotecas personales a escuelas, en especial a las rurales, eso fue como un rito, un desapego, y nos fuimos para apartamentos más pequeños, pero seguimos leyendo libros y en físico. Cada rato nos encontramos y nuestro santo y seña es “que libro estás leyendo o cuales te has leído últimamente”

Si don Humberto cuente conmigo, los libros no han muerto.


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