Los sonidos del silencio en la generación Alfa


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C


Cuando éramos niños circulaban entre nosotros muchos dichos, refranes, versiones hechas realidades, rumores que se convertían en verdades, todo lo que decían nuestros mayores, era cierto y ellos no tenían mucho recato o prudencia, en ir soltando comentarios, que nosotros oíamos y después gozábamos repitiéndolos. Lo de reputación, fama, honra, lo conocimos muy tarde. Pero si aprendimos a fuerza de pelas, que más “fácil cae un mentiroso que un cojo”, entonces siempre era mejor pensar antes de hablar, nos cuidamos mucho de decir mentiras, además que era un pecado venial, que había que confesar. Reinaba la tradición oral transmitida de abuelos y padres a hijos.

Experimentamos en carne propia que en boca callada no entran moscas, que de la abundancia del corazón nacen las palabras, que por la boca muere el pez y siguen otros dichos para indicar que es mejor callar que hablar mucho. Además, en la escuela teníamos que guardar silencio, “en mi clase se oye hasta el zumbido de los moscos”. Eso equivale, sencillamente, a que la niñez y mucha parte de la juventud la vivimos en perfecto y respetuoso mutismo, recordamos que los niños y jóvenes eran aparte de las niñas y comprobamos mucho más tarde que las niñas hablan primero que los hombres y parlotean más.

Y en esos silencios eternos y prolongados aprendimos a pensar y a conversar con las nubes, las aves, las matas de café y de plátanos, con el ganado, a todos les teníamos nombres, hasta las gallinas tenían su apelativo, para después relacionarnos con los congéneres, trabajadores, tíos, primos, padres, abuelos, maestros. Pero primero hablamos con nosotros mismos, nos dábamos órdenes, sugerencias, hasta teníamos palabras cariñosas, duras, palabrotas o vulgaridades, para motivarnos en las duras faenas campesinas.

El silencio en esas épocas nos sirvió muchísimo y lo poblamos con pensamientos, ideas, imaginación, pero nos costaba trabajo expresarlo con palabras, sentimientos y todavía mas convertirlos en acciones. En qué piensas, en nada, “piensa en mí, cuando llores, cuando sufras, cuando quieras quitarte la vida, piensa en mí”. Era una felicidad cuando nos decían “te he pensado mucho”, y yo también. Pero nunca nos dijimos, qué pensaba de ti, o qué piensas de mí, eran pensamientos sin contenido, solo emoción, sentimiento, hasta lo llamamos amor. Pero nuestros pensamientos se referían a algo que no existía, algo futuro, por venir, es que la fabrica de recuerdos todavía no la habíamos instalado en nuestras vidas.

Era el imperio del pensamiento, “pienso, luego existo”, “el hombre es una caña que piensa”, “el hombre es lo que piense que es”, el tiempo de los grandes pensadores y producían máximas, aforismos célebres que orientaban la vida de los lectores y seguidores. Hasta una estatua famosa se hizo en honor al gran pensador, hecha por Auguste Rodin. Pero apareció alguien que dijo, “los pensamientos que no se expresan son perdidos para la humanidad”, y entonces el verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros y apareció la palabra con todo su poder transformador, y llegó para quedarse, aparecieron los grandilocuentes, los oradores famosos, con ella unieron, separaron, generaron guerras, alianzas, era la reina de la comarca, quien tuviera ese don, mandaba, todo se hacía de palabra y eso era sagrado, se respetaba, como si fuera mandato divino.

Entonces aparecieron detractores que dijeron, las palabras se las lleva el viento, solo lo escrito es lo que vale. Y emergió su majestad, el libro, “la vida en un junco” de Irene Vallejo. El texto, el documento, impreso, que se toca, palpa, se carga en el morral y se lleva consigo, a ese me refiero. Nos inclinamos ante lo majestuoso del Quijote, de la Ilíada, el Ulises, o el increíble, infaltable “Cien años de soledad”. Gracias a Dios soy un incansable lector, y sigo siéndolo, sólo que, por motivos de grave edad, he disminuido intensidad, pero incrementé otra aptitud y es la de escribir. Pero el libro, me ha sacado de muchos fondos, me ha dado fuerzas para seguir viviendo, en especial en esos momentos en los cuales la vida llama a claudicar, el libro me ha dado la mano.

Pero, hoy me encuentro con otra realidad, hay quienes hablan de la decadencia del libro físico, otros sostienen que “los libros físicos siguen vivos”, pero si hay muchos que prefieren lo digital, leer en tabletas, computador o desde el celular. Hasta hoy, son contados los libros que he leído en una tableta o en el móvil, no sé como bajarlos y cuando lo hago, pues los imprimo, es decir, termino leyéndolos en físico.

Lo cierto es que la generación Z o centenials, y más todavía la generación Alfa que son conocidos como los “nativos digitales”, se caracterizan por su familiaridad con la tecnología, redes sociales e internet, desde edades muy tempranas, esos amiguitos no van a frecuentar las bibliotecas, y  cómo manejan el silencio, ese que es callado, sin imágenes, sin sonidos, lleno de esperanza y bienestar, si se acordaran de nosotros, que horror, pero yo creo que Dios nos da vida y salud,  para contarles, que nosotros también tuvimos diez años.

Por ejemplo, ahora que se inició el año escolar a mi nieto de grado sexto, le pidieron 13 cuadernos y 12 textos para cada materia, me volví a emocionar, las caratulas son figuras de las series de televisión, pero tienen textos en físico. Y el lo aceptó, es mucha ganancia. Dios los bendiga y recuerda, nosotros le dimos la vida a tus padres.  



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