Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya
La verdad, “monda y lironda”, es decir claro y concreto, es que tenemos que dejar de pensar tanto. Por todos los medios escritos, verbales, gestuales, virtuales, audiovisuales, redes sociales, nos están diciendo que, viva tranquilo, no se preocupe, solo un día a la vez, mañana será otro día, en resumen, que no pretenda modificar el mundo, menos a esa compañera de toda la vida, que no la cambia ni mi “dios con trabajadores”. Y caminando, tenemos mucho tiempo para elaborar teorías, proyectos, posiciones, conversaciones ideales, soluciones magnificas, que cuando terminamos la jornada se diluyen, como el agua entre las manos, y solo sirvieron para acompañarnos en los diez mil pasos de caminata diarios.
Desde niños en la finca advertíamos suficientes provisiones de mercado pues, la remesa se compraba para una semana, y la carne se conservaba con abundante sal, se envolvía en hojas de plátano y se resguardaba de los animales, las ratas y cucarachas. Ya en el pueblo tuvimos nevera, conservábamos los alimentos frescos, y la leche no se volvió a vinagrar, vendimos helados de coco, guayaba, guanábana, mora, maní, y combinados. Conocimos en vivo y en directo los tres estados del agua, liquido, gaseoso, y lo más fabuloso, también “conocimos el hielo”. En la casa paterna siempre tuvimos empleada doméstica, interna, que le ayudaba a mi mamá en la cocina, aunque ella cocinaba muy sabroso, y en las labores de arreglar la casa. Y en nuestro hogar nos acompañaron señoras del servicio, internas, doña Libia nuestra última empleada, nos acompañó durante 32 años.
Siempre nos dijeron, hay que ahorrar, nos ponían de ejemplo a las hormigas que cargaban inmensas hojas para llevar a su hormiguero, como comida para el invierno, después de pelar un árbol. Aunque en el Padre Nuestro decíamos “danos el pan de cada dia”, y nos narraron la historia del “maná”, que había tenía que consumirlo diariamente, sin guardarlo, porque se dañaba, nuestra mentalidad era más de guardar, ahorrar, provisionarse para el porvenir, eh, uno nunca sabe que puede haber más adelante. Todo giraba alrededor del futuro, siempre habrá un mañana, para cuando sea grande, o vaya a la escuela o al colegio. Nos guardaban los cuadernos, las libretas de calificaciones. Teníamos fotos desde que “gatiamos” hasta cuando fuimos bachilleres, de la primera comunión, con los amigos, en blanco y negro, en colores y las conservábamos en álbumes. Mi suegro tenía un escritorio lleno de cachivaches, que recogía en el campo o en las calles, porque eso para algo puede servir algún día.
Pero oh sorpresa grande, un día, no muy lejano, alguien nos dijo, “hay que vivir un día a la vez, solo por hoy, lo único eterno, es este segundo” y se nos envolató el futuro. Nos volvimos hombres y mujeres de 24 horas, todo tiene fecha de caducidad, es perecedero, desechable, “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy, vive como si hoy fuera tu último día de vida”. Apareció la recompensa inmediata, interesan más los productos que los procedimientos, pero rápido, importa la eficacia, los fines justifican los medios. Para todo hay metas, objetivos, resultados, logros, hasta en educación. Son parcelas de tiempo esclavizando el hombre. Todo tiene que ser para ya, menos las citas en las Eps. Las empleadas domésticas trabajan por días, se acabaron las “internas”, muy caras, y solo seis horas incluido transporte y almuerzo, cuando se consiguen. También existen como secuela de la descomposición social, los “paga diarios”.
Existen otros paradigmas es verdad, y viendo ahora tantos niños y jóvenes, nos preguntamos cuál es el futuro de esa población, ya tienen acceso a todo, muy poco les satisface, qué quieren ser cuando sean grandes. Pregúnteles, para dónde van, por ahí, con quién, con unos amigos, cómo te fue, pues bien, vas a comer, ahora vienen unos amigos, vamos a ver una película, nosotros hacemos la comida. Que alegría, se va a quedar en la casa, y fue mucho lo que hablamos. Que tienes que hacer mañana, no sé, pero tienes algún curso, o entrenamiento o qué carajos vas a hacer, ya le dije que no sé. Papi me recargas la tarjeta, siquiera con veinte mil pesos, por fa, eso también se hace por celular, se acabó el dialogo. Al menos esta noche está con nosotros, pero cuando sale, le tenemos hora de regreso y hasta ahora ha sido muy cumplido, sabemos quiénes son los amigos, son del barrio, y los padres nos comunicamos, el teléfono tiene aplicación para ubicarlo, pero no dormimos, hasta cuando llega, porque antes permitía que fuera por él, ahora no, que oso, me trae un amigo que ya maneja, tiene pase y el papá le presta el carro. Qué horror.
Estoy hablando de jóvenes de 15 y 16 años, terminando bachillerato, y con padres jóvenes, organizados, responsables, con trabajos estables, hogares funcionales, unión conyugal vigente, con los cuatro abuelos vivos, raro, verdad. Viven para sus hijos, por eso extrañan tanto el giro que cogió la vida, porque se fueron de su vida emocional, paternal y filial, tan ligero, tan rápido, y la señora mantiene tan ocupada, y el señor también. Con razón ya no quieren tener hijos los muchachos de hoy.