No hay calles para tantos vendedores ambulantes


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya


El comercio organizado fue ejemplar en Armenia, hasta el terremoto. Todo se movía por la galería, el parque de Bolívar, las carreras 14 a la 18 y entre las calles 12 a la 21, y el “café destapao” Teníamos dos almacenes de cadena, el Ley y Jotagómez. Alrededor de la galería se instalaron unos puestos de venta de ropa y cacharros y en la alcaldía del doctor Cesar Hoyos, siendo secretario de gobierno el doctor Camilo Cano, los quitó con grúas de ese sitio. Pero se conservaron muchas carretas con verduras, que empezaron a situarse en las calles, cerca de la plaza de mercado.

Nosotros conocimos el pionero de los vendedores ambulantes que fue don Helí, el vendedor de leche Ilca, en un carro tirado por un caballo, y dejaba el frasco en la casa o salíamos a comprarla, pero tenía unos competidores muy fuertes que eran unos señores en un jeep, que vendían leche traída de las fincas y era cruda, no pasteurizada. Aparecieron las vendedoras de arepas, el gas con su campanita sonora, y la máxima de todas, fue la bicicleta que vendía mazamorra y tenía una corneta que sonaba duro.

Antes del terremoto teníamos vendedores ambulantes y estacionarios en la calle, situados en la carrera 17 de las calles 20 a la 17, había ventas de toda clase de cacharros, cosas al menudeo, curiosidades. En la calle 19 de la 18 a la 15, ventas de ropa, mantas, suéteres, cobijas, ruanas, atendidas por miembros de comunidades indígenas del sur del país, y decían que las traían del Ecuador. Por la carrera 16 siempre hubo vendedores estacionarios o algunos con carretas vendiendo frutas o verduras, pero la policía los perseguía y se convertían en verdaderas batallas campales, con saldo de heridos, contusos y pocos detenidos.

Era un episodio exótico, esporádico. Los que se habían logrado establecer en algunos sitios fijos, no ponían problema, eran apreciados y convivían con el comercio, pues lo que vendían era diferente a sus mercancías, como el vendedor de afiches al frente de la Rana, o el de agua de coco y cocos, al frente de drogas la Rebaja, y así cada manzana tenía sus personajes típicos, respetuosos y vendían sus productos.

Era una convivencia pacífica. Creo que fue la alcaldesa Alba Estella Buitrago quien edificó unos elegantes puestos de ventas, en la carrera 17 y en la 18, los cuales fueron adjudicados mediante el cumplimiento de serios requisitos. Y esto ayudó a crear orden, pero la calle 19 entre carreras 18 a la 15 se llenó de vendedores de ropas de indígenas del sur del país. Y así fueron muchas las calles que paulatinamente y de la noche a la mañana se las tomaron los señores vendedores y otra vez hubo asonadas, enfrentamientos con la policía. Una vez lesionaron al secretario de gobierno municipal.

Y vino el terremoto, y en esos días posteriores, brotaron como de la tierra infinidad de vendedores de todo lo divino y lo humano. No hay calle o carrera del centro de la ciudad que no esté poblada de carretas con frutas, verduras, ropa, lo que usted quiera se lo venden en las calles de Armenia. Como le parece el sector de la Chec, poblado de motos y talleres, el chispero con verduras, la cueva del humo con repuestos para carros, el sector del Cam, con la superpoblación de carretas con verduras y frutas. Ya no se necesitan carretas, en el suelo se ponen las mercancías. Del hospital al parque sucre hay todo un surtido de ventas callejeras.

Ahora último asistimos a un espectáculo que causa grima, por decir lo menos y son las indígenas Embera Chami vendiendo bellos collares, pero acompañados de varios niños, mal vestidos, sucios, pidiendo limosna, y algunas veces, amamantados por señoras sin ningún pudor. Lo hermoso y delicado de la orfebrería, lo opaca lo que rodea el escenario de las ventas.

O sea, el continuo social es el siguiente, vendedores estacionarios antiguos y que algún día tuvieron permiso de la secretaria de gobierno municipal, eso fue obra del Dr. Henry González Meza, cuando fue titular del despacho. Los ambulantes tradicionales que recorren las calles con sus carretas con verduras o frutas, y todos los conocemos, ahora ya lo hacen en bicitriciclos. Los vendedores de dulces y loterías. No han vuelto los que vendían accesorios para celulares.

Y los esporádicos, espontáneos, los nuevos, que aparecen por temporadas, vendiendo frutas o verduras en carretas o en los brazos, o en costales, o en carros que estacionan en una calle, hasta cuando llega el tránsito y los quita, o los ponen en las aceras, y aquí empieza el desorden. Hoy todas las calles, carreras, avenidas, glorietas, esquinas, tienen su manada de vendedores ambulantes. Y en cada semáforo hay un limpiavidrios, cantante, limosnero, o un malabarista con acciones muy bien ejecutadas y dignas de otro escenario.

Esta es una descripción tenue, tibia, liviana, eufemística, de una sociopatía alarmante, un fenómeno social que nos carcome, porque falta el otro ingrediente que son los pordioseros que se agrupan alrededor de las iglesias o los ponen en una esquina, por las calles deambulado, y pidiendo una moneda. O un par de ancianos que no pueden moverse y piden limosna en la esquina donde funcionó el banco popular del norte.

Con mucho gusto me uno a la legión de los que queremos ser parte de la solución.   


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