Nos cuesta trabajo entender las relaciones de hoy


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya


Nosotros, los que hemos acumulado tantas vacaciones en la vida, tenemos mucha autoridad para comparar y sacar conclusiones de un aquí y un ahora, frente al ayer de esos tiempos idos. Y desde esta banca, viendo desfilar tanta y tantísima gente, que siempre nos preguntamos de dónde salen, elaboramos pensamientos inútiles, vagas disquisiciones, elucubraciones baratas, para recorrer temas tan recurrentes como hablar del amor, y de la libertad.

Mis padres nos acompañaron cerca de sesenta años, los dos murieron el mismo año, primero se fue mi papá y a los dos meses, mi mamá, tenían 90 y 89 años. Mi padre campesino de pura cepa, estudió hasta tercero de bachillerato, que era lo que se podía cursar en Montenegro, y se dedicó a muchos oficios, y hasta torero fue.  Mi madre nació y creció en el pueblo, también estudio bachillerato, pero fue más lo extracurricular que aprendió, como la pintura, costura, bordados, manualidades, de una delicadeza admirable, y una belleza sin par. Mi madre fue una hija expósita, no conoció ni madre ni padre, nos contaron mucho después, que su progenitor era hermano de las señoritas Cadena, y emprendió la retirada una vez nacida la niña y se las dejó a sus hermanas, que eran hijas del fundador de Montenegro, Nicolás Cadena. Tenían una casa muy bonita en el marco de la plaza, fueron las costureras del pueblo y expertas en bordados, receptoras de atenciones y regalos que toda la sociedad montenegrina les prodigaba. Todo lo tenían porque no necesitaban nada. Y en ese nicho creció mi mamá, con todo el amor del pueblo, quien tuviera el apellido Cadena era familiar suyo, como el caso de un sacerdote que se llamaba Augusto Ramírez Ríos Rojas Cadena, y decía que era primo hermano de Aydita, como siempre se le conoció.

Hasta que apareció don Gonzalo, y a estas alturas del partido ya nos cansamos de preguntarnos cómo hicieron para unirse ese par de seres tan diferentes, duraron casados 65 años y tuvieron cinco hijos. Y nos prodigaron un amor protector, proveedor, lleno de cuidados, respetuoso, con normas traídas de antaño y repetidas sin beneficio de inventario. Ya en la escuela y en el colegio se fue transformando, porque apareció la fantástica libertad, ya pensábamos, teníamos tímidos derechos, y si muchos deberes, pero al fin, podíamos salir solos, tener amigos, amigas, escogíamos la ropa, hasta llegamos a poder decir, no quiero, o no voy, me quedo mejor en la casa, o me dejan ir con unos amigos, íbamos a fiestas, “repichingas” se llamaban. El amor paternal y más el maternal seguían muy vigentes, los respetábamos a morir, esos “días de la madre”, eran inolvidables, un poco menos el del padre, pero alguna mención, o una tarjeta, le hacíamos. Pero los teníamos con nosotros, también los abuelos paternos estaban pendientes, sobre todo en mi caso que fui el primer nieto, y receptor de todas las atenciones de los tíos, y tías con mayor razón. Y a propósito en estos momentos soy el mayor de la familia Bedoya de la Pava, tengo ese honor.

Fue un padre trabajador, cumplidor con su familia, nunca nos faltó nada, teníamos casa propia y nuestra madre, ama de casa, porque en ese entonces, las señoras estaban en la casa, atendiendo a los hijos y a su esposo. Y fuimos padres, formamos un hogar, otra etapa de la vida, ya conocimos el amor con los hijos de manera muy diferente, nacido del consenso, hasta contratos nos tocó hacer con ellos, si tendían la cama, si hacían las tareas, si no dejaban desordenes, si ganaban el año. Nos ponían letreros, en sus habitaciones, “no molestar, propiedad privada, no pase, peligro, joven en reposo”. Y nos convertimos en padres proveedores, hasta como cajeros automáticos. nos veían. Bueno, también era que los dos trabajábamos, teníamos una empleada interna, y fue mucho lo que nos ayudó a criar a tres hijos varones, sin afugias económicas, gracias a Dios.

Y somos abuelos. Los dos hijos, profesionales, en otros países, viven otras costumbres, son vidas muy diferentes las que llevan, si nos descuidamos un poquito, llegaremos a bisabuelos, como mi hermana, que tiene dos bisnietos. De lejos sentimos que nos quieren, y es una alegría cuando nos dicen, abuelito, abuelita, te amo. Ya poquitas manifestaciones de amor damos y recibimos. El tercer hijo, un ser especial, falleció a los treinta años, pero sigue muy presente entre nosotros, porque solo prodigó ternura, de esos avatares que no se apagan, siguen entregando luz y bondad siempre.

La verdad es que nos cuesta trabajo, mejor hablo a título personal, me cuesta trabajo entender esas relaciones de hoy, y para ser más sincero, no quiero entenderlas. Todo es un contrato, algo preestablecido de antemano, condicionado, programado, con tiempo de caducidad, depende de, y siguen otras cláusulas. O no quieren tener hijos, y eso si me tiene con los poquitos pelos, de punta.

Tenemos que creer que son felices y en nombre del amor y la libertad respetar esa posición. Aunque por dentro nos estemos quemando, es que no se les puede decir nada, están outs las caricias, las frases amorosas, los detalles, de vez en cuando nos llaman y nos dicen algo que nos encanta y endulza la vida. Hoy es muy difícil dar y recibir afecto, pasa como a un amigo mío que su esposa le salió un día, con que, el solo era cariñoso cuando necesitaba que le prestara plata, entonces ya toda expresión afectuosa, fue extraditada de su casa.  


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