Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C
Nosotros terminamos pareciéndonos a la ciudad en la cual vivimos. Había tanta diferencia entre los de Manizales, Pereira y Armenia, cuando éramos Caldas. La Perla del Ruiz era la ciudad industrial, universitaria, entonces así eran sus habitantes, cultos, educados, emprendedores, se les llegó a decir “los azucenos”, por un grupo de jóvenes que, en 1940 iniciaron las industrias en Caldas. La Perla del Otún es la ciudad comercial, cívica, “querendona, trasnochadora y morena” y ahora “capital del eje cafetero”, comerciantes, con innumerables empresas, fábricas, el primer aeropuerto internacional de la región, todo lo construyen con civismo. Y así son sus gentes, abiertos, vendedores, Pereira, parece heredera directa del linaje paisa.
La Ciudad Milagro, para esas épocas de Caldas éramos agropecuarios, una despensa agrícola, beneficiarios de la bonanza cafetera, extensas tierras sembradas en café, plátano, arboles de sombra, y un poco de ganado. Pocas industrias, incipiente comercio, entonces los “cuyabros” somos amables, sinceros, recatados, trabajadores, leales con el campo, querendones de la tierrita. Pero oh sorpresa, un día vino el “ecoturismo, agroturismo”, nos cambió la vida y así nos identificamos en la actualidad, a nivel nacional. Llegamos a ser el segundo destino turístico nacional, con reconocimiento internacional.
También resultamos territorio atractivo para una cantidad de adultos mayores que han hecho de nuestra ciudad su refugio, de última estancia, son residentes con alma de turistas, siempre están de paso, y así llevan muchos años. En especial hacia el sur del departamento.
Nuestra querida Armenia ha crecido urbanísticamente mucho, hay mas de 250 condominios construidos después del terremoto. El primero, el pionero, fue Coinca, de la Cooperativa Integral Cafetera, del Comité de Cafeteros del Quindío. Nueve bloques, 64 apartamentos, un aparta estudio, una casita, parqueaderos, 33 puertas y sin ascensor, no era exigido. Edificios si teníamos, el Lobo, Jota Gómez, Santa Fe, José Lino Gómez, Mowerman hermanos. Y teníamos una avenida, la Bolívar que empezaba en la calle 9ª y de ahí para arriba, no era mucho, hasta donde hoy es el parque Fundadores, porque ahí quedaba el club campestre. Lo demás eran fincas. Ir a Regivit era muy lejos.
Teníamos pocas carreras y calles. La comercial era la 16, la 15, totalmente residencial, la 14 la calle real, la 13 solitaria, la 18 la de los graneros y cafés, y la 19 para salir de la ciudad. La carrera 18 era la calle de la “perdición, del pecado” y otras delicias más. Terminaba en la calle 50, o “zona de tolerancia”. Mejor dicho, quedémonos callados, mi querido Sigifredo. Las calles también eran pocas, la 21 la central, que nos llevaba a la Catedral, y al teatro Bolívar, la 19, la del Ley, la 20 y la 18 comerciales, con doña Myrian Varón y su elegante surtido de ropa, y el almacén Roma. Y en la 21 el almacén Holguín, el Everfit, el Valher, el de Mora Hermanos. Otra vez quedamos iniciados, mi estimado don Alfonso.
Los parques eran un verdadero lujo y orgullo para nosotros. El parque Uribe, el Bolívar, el Sucre, después el Fundadores, el Valencia, el Santander. El aeropuerto El Edén, era sitio obligado de paseo los domingos. Y teníamos unas iglesias dignas de visitar por extraños y parroquianos, la Catedral de la Inmaculada, reconstruida e inaugurada en 1972. La de San Francisco, la de “piedra o del Sagrado Corazón de Jesús, la del Carmen. Salir a pasear a los pueblos era un lujo porque las carreteras eran destapadas y todos quedaban lejos, solo Calarcá estaba comunicado con Armenia con carretera pavimentada, porque era una vía nacional.
Todos estos lugares mencionados los llenamos de personas, nuestros antepasados, inclusive nosotros mismos. Sin ningún pudor reconocemos que nosotros nos paseamos por todos los sitios que hemos narrado. Tampoco somos tan viejos como el barranco de la estación, pero si conocimos el cementerio cuando era donde hoy es el terminal de transportes. Recorrimos la plaza de Bolívar, con los carros de la flota 1442, el café Caucayá, conocimos a tantos y tantos señores y señoras de la sociedad que ya se han ido, y otros con los cuales vivimos los rigores de las noches aciagas o las alegres de parranda.
Vimos nacer la Avenida Centenario, el puente de la Florida, los nuevos edificios, otras avenidas, se reemplazó el Ley a Jotagómez, se comunicó a Armenia con Pereira con una vía pavimentada y de doble calzada, a Montenegro, Tebaida, Circasia y así sucesivamente, y Armenia se nos creció. Hay que ver para el sur es otra ciudad, para el oriente la cantidad, por la avenida centenario, es descomunal el progreso urbanístico en ese sector, edificios hasta de 17 pisos.
Nuestro presente, encierra mucho pasado. Hay muchos días, que parecen una fotocopia del ayer, disimuladamente nos miramos y estamos haciendo siempre lo mismo, hasta con la misma ropa, como mínimo la misma camisa. Eso era el tío Alfonso Murillo, que tenía 32 camisas y 22 pantalones, se daba lujo de no repetir camisa en un mes.
Pero cambia nuestra actitud frente a la vida, que diría don Noé, nuestro abuelo, o no yendo tan lejos, nuestro padre, desde el cielo, viendo a los hijos ya vejetes, a sus nietos ya hechos y derechos, a sus biznietos con hijos, frente a cómo estamos enfrentando los rigores del destino, mejor dicho, de verdad hay veces qué viéndonos, es preferible “barajar y dar de nuevo”.