Nuestra gran obra, la de mostrar, son los hijos


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya


Por amable invitación de una vecina, el día sábado, asistimos al bautismo de su segundo bisnieto, el martes celebraron sesenta años de matrimonio Miriam y Diego y el viernes siguiente, concurrimos a la despedida de un compañero de estudios en primaria, bachillerato, universidad, pregrado, posgrado y compañeros de trabajo por más de 30 años, el siempre recordado, Francisco Castro Amortegui.

En una semana contemplamos la vida, nacer, florecer y morir.

Está muy lejos nuestro comienzo, es muy difícil acordarnos de esos primeros años de existencia y ya para qué, los años escolares, siguen vigentes tanto los de primaria como los de bachillerato, y la universidad es un presente continuo. Gracias a Dios, fuimos educadores por vocación, ocupación, profesión y eso nos mantuvo en contacto con la juventud, ahorramos juventud para la vejez. Esa actividad nunca termina, se renueva constantemente, seguimos siendo trabajadores de la mente y es casi imposible aquietarla, por más que asistimos a sesiones de meditación, por internet nos inscribimos en cursos on line, para darle vacaciones a nuestra vida mental, nada logramos. Al día son quince minutos, para alcanzar la paz espiritual, tendrás prosperidad y hasta podrás dormir muy bien, efectivamente, son espacios extraordinarios, nos conectamos con el yo interior, viajamos a regiones del infinito donde se respira solo paz, tranquilidad, y un bienestar increíble, pero cuando suena la campanita del maestro, volvemos de nuevo en sí, nos estrellamos, y nos topamos con la real realidad, honda y lironda, y otra vez la “misma vaina”, como decía mi tío Libardo

Durante muchos años, nuestro guía y consejero espiritual, fue la Iglesia y sus ministros, los sacerdotes, los profesores también y los padres menos. Teníamos compañeros que sus padres estaban muy pendientes de ellos, los aconsejaban, en todos los órdenes, constituían la excepción. Pero lo normal era que los padres fueran excelentes “proveedores” y lo demás se lo dejaban a las madres o al cura. Tengo el testimonio de primera mano, de un padre que un día fue a reprender, con correa en mano, a una hija, y la mamá se interpuso, lo increpó e impidió ese actuar, él le respondió, “pues le entrego sus cuatro muchachitas, críelas usted, eso sí no las vaya a traer embarazadas, porque conmigo no cuente”.  Y fueron muy bien criadas, me consta.

Cuando fuimos hijos el importante, era el padre y ahora que somos padres los importantes, son los hijos, y quién sabe cómo será hoy la ecuación.

En esos tiempos idos, ser padre o madre resultaba muy fácil, es más, la mujer estaba destinada a ser madre y el Creador le dijo a la mujer “aumentaré tus dolores cuando tengas hijos y con dolor los darás a luz”. Genesis 3,16. Todos conocemos la noticia del cantante que tuvo 36 hijos y tan campante, pero eso puede ser leyenda, nosotros en el barrio la Pola, conocimos a don Jesús, que tenía con la propia señora nueve hijos y con la “otra” tenía 10 hijos, y entre ellos se querían mucho, no así las señoras, y conocimos a don Emperatriz que tuvo 26 y a don Cesar con 13 en dos hogares, responsablemente mantenidos, y a don Domingo que tuvo once, en dos camadas, pero él fue viudo, es otro cantar. Un compañero de mi hijo en bachillerato, con 18 años y ya era padre de una niña. Con frecuencia las niñas terminaban bachillerato embarazadas, o desertaban porque tenían que atender a la prematura familia.

Entonces algo había de encanto u obligación, para tener tantos hijos.

Cuando en los grupos de adulto mayor nos preguntamos cual es la experiencia más extraordinaria que hemos vivido, muchos respondemos, la de ser padres. Es una de las transformaciones más profundas que experimenta el ser humano, hombre o mujer, la vida adquiere otro sentido, hay cambio radical de prioridades, se generan nuevos propósitos y un sentido de entrega que no se conocía, responsabilidad enorme, sacrificio, se estrena madurez, empatía, habilidades sociales, autoestima, mejor desarrollo cognitivo y emocional.

Abro un gran paréntesis para que hable la mujer, la experiencia de ser madre es fenomenal, mis respetos.   

En mi caso, soy esposo por 53 años consecutivos, con una extraordinaria mujer, día y noche, sin recargo nocturno, derecho a vacaciones, ni reconocimiento de domingos y festivos, padre de tres hijos. El segundo niño, un avatar, especial, un ser de luz y amor, nos acompañó por 30 años. Y los otros dos ya son padres de dos hombres y una mujer. O sea, somos abuelos. Esta mañana acariciando un nuevo año, miramos las fotos de esos niños, están muy lejos, y la vemos muy seria, antes creíamos que ese era nuestro futuro, pero qué lejos estábamos de la realidad, nosotros somos muy importantes, pero somos el pasado y en todas partes se dice que lo importante, lo vigente, es el presente. Pero sigo firme en mi posición, cuando me pregunten cuál fue mi gran obra, nombraré a mis hijos, los nietos son obra de los hijos. Y me siento realizado, misión cumplida, me acuerdo de la canción que dice, “nada te debo, vida, ni tu me debes nada, y cuando tú lo quieras podemos terminar”. Solo por la gracia de Dios puedo decir gracias a la vida que me dio tanto.


Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.