Pequeños cambios que traen grandes beneficios


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya


A cada rato nos preguntamos, sí la vida es un viaje, nosotros estaremos muy próximos a llegar, o en qué etapa del camino nos encontramos. Porque pasar por ochenta estaciones, con infinidad de trancones, subidas, bajadas, llanitos, con todos los climas, acompañantes efímeros, permanentes y otros siempre al lado, merecen alguna mención especial. Tenemos un equipaje lleno de altibajos, cambios y desafíos que indican un proceso continuo de crecimiento y descubrimiento.

Hay veces que desempacamos algunas experiencias para compartirlas con los hijos y ahora con los nietos, sobre todo para recordarles, que el paso por estos lares es un aprendizaje continuo. De cada situación, persona, dificultad, éxito, se aprende, todo lo que ocurre tiene alguna razón de ser. Trae mensajes reales, virtuales y subliminales, son lecciones valiosas que nos ayudan a crecer como seres, toda vez que somos personas, en proyecto de construcción. Ni siquiera nosotros tan entrados en años, viejos, nos damos por terminados, tenemos fe que podemos aprender algo nuevo cada día. Y es tan satisfactorio cuando nos renovamos mediante la enseñanza, y podemos sostener, intervenir, aportar, en las conversaciones de los contertulios, siempre al día con noticias o informaciones nacionales o internacionales.

En eso si nos tenemos mucha confianza, somos conversadores por naturaleza, porque aprendimos a escuchar y retenemos lo que nos comentan los amigos. Adquirimos profundo respeto por la diferencia, aceptamos la diversidad, dialécticos por esencia y práctica, especialistas en asertividad y empatía. Porque conocimos muchísimas personas, fuimos educadores y a lo largo de cuarenta años, fueron muchos los jóvenes y personas mayores con las cuales tratamos, ayudamos, toleramos, aceptamos y también hubo con quienes tuvimos fuertes encontrones. Conocimos en vivo y en directo, o con amor y dolor, el pedir y aceptar disculpas.

Porque en este viaje, un tanto largo, cambiamos de medio de transporte a cada rato, hemos transitado trechos muy rápidos, ni los sentimos, con la tranquilidad del jet, muy altos y veloces. Bien atendidos, en clase ejecutiva, o en económica, en automóvil propio, en taxi o en bus interdepartamental, pero seguíamos viajando. Y recorrimos muchos trechos, con la velocidad del caminante. El paisaje cambiaba de manera fantástica, y las personas que nos acompañan todavía más, unas a un viaje sin retorno, otras al silencio que proporcionan las zonas de confort, y quedamos, los que nos resistimos a seguir creyendo en la existencia. 

La razón para esa persistencia e insistencia es que creemos que la vida no tiene un único punto final al cual debemos llegar, esto es un proceso continuo, y como tal seguimos viajando, siempre en movimiento, con pausas, pero constantes con el proyecto en construcción. Un proceso dinámico y enriquecedor, donde cada paso cuenta, cada experiencia define, y puede cambiar el destino, porque otra vez, no hay un solo rumbo determinado, se hace “camino al andar”. De mano con nuestro Ser Superior.

Lo cual nos exige máxima resistencia a la frustración y mínima resistencia al cambio. Démonos el placer sexual, el decano de los placeres porque es cocreador, de sentarnos a la orilla de un rio y ver como se desliza el agua, podemos apreciar que esa es la vida, así transcurre. Y cambia constantemente, cada instante es eterno, y también pasará. Y esto nos lleva a poder asegurar, porque hemos vivido muchos calendarios, que solo existen dos días en el año en que no se puede hacer nada. Uno se llama ayer y el otro mañana. Por lo tanto, hoy es el día ideal para amar, crecer, y hacer lo principal, vivir. Nos lo recordaba el Dalai Lama, alguna vez.

Nos pesa tanto el pasado y nos encanta el futuro.

Para subirnos al bus, que nos conduce en el viaje, hay que pagar un pasaje, y para bajarnos hay que tocar un timbre. Es una decisión. Tan fácil que parece, no hay ninguna complicación, todo está dado, tenemos lo necesario para hacerlo, conocemos la ruta, ya la hemos transitado muchas veces, y también sabemos los paraderos. Un día aparecieron en nuestro camino, los semáforos, los buses se modernizaron, las calles y carreras se convirtieron en avenidas, menos paraderos, apareció el desorden, se popularizó el caos. Y sobrevivimos. Y que nos salva, la mínima resistencia al cambio, esas pequeñas transformaciones diarias, pasos menudos que pueden traer grandes beneficios para las personas. Mente abierta.

Te ves tan diferente cuando te sales de tu rutina, cuando no eres predecible.

Cuando se apaga la tarde, y en estos días son hermosos los atardeceres, apareces tú renovada, aprendiste que tenemos que decir si, maquillada, peinada, vas a salir, no, me voy a encontrar contigo en algún lugar de la revolución cuántica, o al menos en aquella silla y al aire libre. Voltear la página y esperar que nos trae el próximo encuentro de la selección Colombia de futbol.

Y volvimos a abrir los ojos, un nuevo día, infinitas gracias a Dios.


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