Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya
El pasado 7 de julio, llegó Marco Aurelio a la acostumbrada mesa en el mall de comidas del centro comercial, con su inseparable morral, una pícara sonrisa, erguido caminar, elegante vestimenta, es su característica principal, bien afeitado. Todos sabíamos que era el día de su cumpleaños, y también que odiaba las celebraciones. Tiene muy buena pensión. Hablé con mi hija desde España, me mandó un giro, en euros, lo mejor, conversamos mucho rato, no como otras veces, solo saludos formales, no, esta vez hablamos de su vida, de su hijo, mi nieto, tiene 4 años, no lo conozco, solo en fotos, pasó al teléfono, me dijo abuelito, y va a venir en diciembre. El otro hijo no le habla, desde hace mucho tiempo, vive en Méjico, es una historia que toda Armenia conoció y de la cual nunca se recuperó. Con su hermana le mandó saludes y muchas felicidades en su día. Le creo y me alegra.
No es para menos es el cumpleaños número 80, y los dos hijos, le exigieron, que cuando apagara la vela del pastel, pidiera un deseo, como si se tratara del último en la vida, lo que fuera, por exótico que parezca, están en condiciones de complacerlo, la mamá, ellos dos, sus hermanos y sobrinos, por un día volveremos a ser familia unida.
En la vida activa, Marco Aurelio, escaló altas dignidades en el ámbito de la educación. Desde la escuela primaria hasta la educación superior, con honores, distinciones, en el departamento y en la nación. Aunque no era del Quindío se constituyó en referente y digno representante nuestro. Pero un día, se le atravesó en el camino una secretaria, con rítmico caminar, hablar cantarino, joven, agraciada, y se le torció el camino a nuestro ilustre educador. No reparó en los años recorridos con su compañera de toda la vida, sus dos hijos, ya grandes y profesionales, pero todavía viviendo en la casa paterna, la trayectoria en educación y enfiló baterías con su nueva conquista. A ella menos le importó, casquivana al fin.
Y empezó a vivir una vida prestada, fantasiosa. Afortunadamente por la intervención de un vecino abogado, les aseguró a la mamá y a los dos hijos, el apartamento que habían comprado desde años atrás. No alcanzaron a librar una pequeña finca, y el carro. Eso fue a parar a otras manos. Además de casquivana, astuta, sagaz y ambiciosa. Poco tiempo duró en las altas esferas de la educación, su situación emocional dejaba mucho que desear, empezó a decaer, adquirió onerosos compromisos, regalos muy costosos, lujos impensados, viajes, no le alcanzaba para comprarle apartamento, pero si con altos alquileres, en sitios de clase. Incumplió, le toco pagar a los fiadores, la dama le dijo, un dia, que se iba para donde su mamá que estaba enferma y hasta el sol de hoy, no se sabe de su paradero.
Los dos hijos organizaron a su señora madre en un condominio central, acompañada de una señora, sigue trabajando, en espera de la pensión, está muy bien de salud. Y a Marco Aurelio, durante casi un año se le vio sentado en una banca del parque fundadores, caminaba muy lento, pero conservaba su altivez y donaire, su erudita conversación, agradable presencia, atinadas posiciones, leía y estaba al tanto de noticias nacionales y sobre todo internacionales. Hasta que un día llegó Jacobo, su amigo de toda la vida, recién viudo, le invitó a su casa, le organizó una pieza, y lo llenó de vida otra vez. Total, tiene buena pensión, con embargos activos y otros haciendo fila, pero lo que le quedaba era más que suficiente para él.
Todo esto, y queda mucho más por narrar, pasaba por la cabeza de nuestro amigo en el día de su santo, en una mesa del mall de comidas del centro comercial vecino.
Una empleada de un café, le entregó un ponqué Ramo, con una vela al compañero que cumplía años. Se lo manda esas dos señoras que están sentadas en esa mesa, ve que raro, se fueron, pero le dejaron la razón que no olvide “pedir un deseo, como si se tratara del último en la vida, lo que fuera, por exótico que parezca, están en condiciones de complacerlo, ella, los dos hijos, sus hermanos y sobrinos, por un día volveremos a ser familia unida”.
Y la nostalgia se volvió alegría, la esperanza cobró vida, la sonrisa verdadera llegó a las facciones, antes serias, lo acogían de nuevo, el perdón superó a la culpa, valieron las oraciones, es un hombre nuevo a pesar de los ochenta, es mucha vitalidad la que da la indulgencia, el olvido consciente, la reconciliación.
Tengo alientos, a partir de hoy, para apagar muchas velas más.