Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya
En la pasada reunión de nuestro grupo del adulto mayor, todos estuvimos de acuerdo en que Armenia es una ciudad muy querida, amable, acogedora, con más motos que personas, sin espacio público para caminar, llena de vendedores y compradores ambulantes, las industrias ausentes, lo mismo que la administración, el comercio desorganizado, muy buenos servicios públicos, los impuestos prediales carísimos, excelentes sitios de recreación, la mejor gastronomía del occidente colombiano. El transito es incompresible, enredado, con trancones en sitios previamente establecidos y bien definidos, de seguro quien maneje carro en Armenia, tiene patente para manejar en cualquier ciudad del mundo. El servicio de buses urbanos integrado “tinto”, es de los mejores del país, y una renovada planta de taxis, con 1750 vehículos.
Armenia, de lejos, es el mejor vividero de Colombia. Lo que se llama “zona de confort”, aquí tuvo su origen. Muchos veteranos de otras ciudades que son ahora nuevos ciudadanos, aquí aprendieron a hacer, nada. A gastarse el tiempo mirando para el techo. Salen por la mañana hacen vueltas, de bancos, pagos de servicios, lo que quieran, todo es cerca, rápido, lo pueden hacer en bus, o caminando, en taxi, muy fácil. Hay tres centros comerciales de mediana superficie, cercados por 250 condominios y 330 barrios, numerosos parques. Las mismas cinco avenidas, desde cuando viniste después del terremoto, la Centenario, la Bolívar, la 18, la 19 y la de los Camellos, ayudadas por la Ancizar López y la del Líbano. Ahora hicieron unos quinientos metros de avenida, entre el barrio Castellón y la Avenida Centenario, quedó muy bonita y es funcional.
Esta es la parte estructural, la de cemento. Vamos ahora a llenarla de personas. Mucho se ha hablado de la identidad de los quindianos. Tampoco hace falta una caracterización muy definida para saber que somos amables por naturaleza, trabajadores, fieles al terruño, y seguros de nuestro sentido patrio y cívico. La resiliencia la inventamos nosotros, allí cerquita en Quimbaya. Hemos pasado por las verdes y las maduras y siempre resistimos, no hemos desistido, con coraje y tenacidad. Somos de “recia estirpe”, como dice nuestro himno, y tenemos la fé en un Ser Superior como escudo.
En la actualidad, que es la que nos ocupa, estamos como en un bache, una calma chicha, donde parece que no pasa nada, o sucede mucho, todo es grave, pero se ignora. Todo mundo tranquilo, o todos con una incertidumbre que cala los huesos, sonrisas picaras de satisfacciones dudosas, miradas dubitativas, “desconfiamos hasta del que fue mi buen vecino”. Dadivas sin recatos, adjudicaciones inconsultas, sobreprecios, facturas fantasmas, mandobles, nóminas paralelas, supernumerarios sin funciones, puentes donde no hay ríos. Informaciones incompletas, verdades acomodadas, imperio de lo falsario.
Siempre nos ha salvado la educación. Estudiamos la primaria, cuando el 66.8 % de la población colombiana era analfabeta, lo normal. En mi pueblo solo había hasta tercero de bachillerato, teníamos que venir a Armenia y los más pudientes, los mandaban para Manizales. Solo hasta 1964, tuvimos universidad en el Quindío. Muy buenos colegios de bachillerato, oficiales y privados, tenemos un Instituto Técnico Industrial, Normal Departamental, el INEM. Hoy el panorama en educación en Armenia, es extraordinario, tenemos todo para convertirnos en una capital educadora o en una “ciudad universitaria”.
A todos nos pica la lengua por hablar de la administración pública y como la percibe la ciudadanía. Es que el sentir general es que se administra para otro u otros, menos para la ciudad y sus ciudadanos. Los compromisos, objetivos, planes, proyectos van por un lado y la realidad tiene otro rumbo. Esto definitivamente tiene que cambiar.
Es necesario pensar en familia, y desde esta célula, núcleo de la sociedad, recomponer la ciudad. Uniendo esfuerzos con la educación recomponemos el camino, porque los muchachos que tienen 16 y 17 años, e inician estudios supriores, no están satisfechos con la situación socio económica actual. Qué les espera cuando sean profesionales. Ni el más avispado de los miembros del grupo, ni Jacobo siquiera, se aventuró a decir algo, no somos capaces de dar siquiera una pista de cómo será el mañana, en educación, salud, mejor dicho, en todo.
Al final nos resultó agradable el ejercicio, por primera vez en mi vida que se nos cerraron “las entendederas”, como decía mi abuelo, y no tuvimos nada que decir.