Tengo el turno 64 y apenas van en el 22


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C


Cuando iniciamos labores en educación,1964, nos afiliaban a la Caja Nacional de Previsión Social, CAJANAL, que era la entidad en Colombia encargada de le seguridad social y pensiones para los servidores públicos, que fue liquidada definitivamente en el 2013. Cuando estrenamos departamento, en 1966, trabajaba en Salento, nos afiliaron de nuevo a la seccional Quindío de CAJANAL. El sueldo, en ese entonces para los maestros de la categoría 7ª, los bachilleres, era de $660. (seiscientos pesos), nos lo pagaban en tres décadas y en el estanco municipal, cuyo director era el doctor Nelson Mejía y fueron muchas las veces que nos pagaron en especie, es decir con cajas de aguardiente. ¿Te acuerdas, Asdrúbal Nieto, cuando trabajamos en Calarcá, en la escuela La Bella? El director era el poeta Baudilio Montoya.

Trabajé cuatro años en primaria, de allí pasé a laborar en un colegio privado y me afiliaron al Instituto de los Seguros Sociales, creado por la Ley 90 de 1946, el cual era la entidad pública principal en Colombia encargada de administrar la seguridad social de los trabajadores formales del sector privado, cubría salud, maternidad, invalidez, vejez y muerte, y albergaba al 95% de la población activa de Colombia. Funcionó en el principio, en la carrera 18 entre calles 26 y 27, un edificio grande, donde estaban los consultorios y la clínica San José. Tuve contacto directo con la institución cuando se establecieron en la carrera 16 con calle 10, fui usuario y paciente agradecido, hasta el 2009, que se ordenó su liquidación total, en el gobierno de Juan Manuel Santos, a raíz de la promulgación de la ley 100 de 1.993. Como siempre digo, nos falta espacio y vida para narrar las historias vividas con los Seguros Sociales, la entidad pública más vilipendiada, atacada, saqueada, acabada, resucitada, víctima de sindicatos, de políticos. Todos tenemos una historia que contar de los seguros sociales, que a decir de los médicos de entonces “era muy social pero poco seguro”. Dos de mis tres hijos nacieron en la clínica San José.

Entonces en el 2010, pasamos de manera inconsulta, a la EPS, COOMEVA, excelentes servicios, atención, entrega de medicamentos, prontitud en las citas médicas y con especialistas, todo bien. Por lo sucedido, en mi vida, en el año 2000, que sufrí una violenta crisis hipertensiva, hasta me tuvo en cuidados intensivos, pasé a la EPS como paciente con riesgo cardiovascular y así he sido tratado hasta la fecha, estoy adscrito a un programa especial y he sido muy bien atendido. Un día me pasaron a otra EPS, porque esta la liquidaron o la intervinieron, o no sé qué figura utilizaron para acabarla y nos pasaron a otra entidad, a SURA, también muy bien, no he tengo queja hasta la fecha y gracias a Dios, no he tenido que recurrir para cosas urgentes, sigo en el programa de hipertensos, y cada tres meses un médico, previa revisión juiciosa y muy minuciosa, me ordena el tratamiento a seguir, el mismo de hace más o menos  cinco años, me da una fórmula para tres meses, pero cada mes tengo que ir a renovarla, para reclamar las medicinas a un dispensario. Que aquí era donde quería empezar mi narración dominical.

Llegué muy de mañana a la droguería asignada para la entrega de medicamentos, pero primero fui a la EPS para que me autorizaran la entrega y ahora sí, podía ir a los dos dispensarios. En el uno me entregan los remedios para la presión, sin copago, y en el otro para la próstata, con copago, sin más detalles, estimado Roberto. En el primero llevo años asistiendo en diferentes sitios, pero el procedimiento es el mismo. En una máquina solicito el turno, hay cuatro opciones: general, mayores de 60 años, mayores con discapacidad física, mujeres embarazadas. Obvio, mayores de 60 y me siento a esperar, a vivir una vida que no es mía, es un colectivo unido por una razón, la medicina. Ya nadie protesta, hay que ver los rostros de mis compañeros de espera, la resignación hecha persona con muchos años, la paciencia huérfana de acciones persistentes, resistencia con una ficha en la mano y un número, tolerancia sin diferencia de estrato, conformidad, calma, perseverancia sin mirar al vecino, indulgencia, maestría en esperar hasta tres horas, ya se agotaron, también, las existencias de resiliencia. La alegría disimulada cuando nos entregan completa la formula, la inconformidad hecha resignación, cuando nos dicen, “que pendiente, llame a este número, o déjenos su dirección, que nosotros se los mandamos”. Has oído el dicho “ábrete tierra y trágame”, en estos momentos se hace realidad, los necesito y no tengo con qué comprarlos.

Pero estoy hablando de estar cómodamente sentado y en recinto cerrado porque en estos días hemos presenciado a muchos usuarios en la calle y al aire libre, esperando sus medicinas, las filas son muy largas.

Soy afortunado, es verdad, solo necesito dos remedios, en mi historia clínica dice “adulto mayor de 80 años, sano”, pero vivo de primera mano la historia de allegados a los cuales no les entregan la fórmula completa y mes tras mes, tienen que recurrir a tutelas o a las acciones del milagroso de Buga, para proveerse de tales medicamentos. Todos somos adultos mayores, los jóvenes son pocos, pero los hay que tienen que sufrir, todas estas vicisitudes que estamos pasando muchos de nosotros.

Todo lo que ha pasado por mi mente y apenas van en el 55, un señor de al lado me dijo una vez, “limítese a respirar o si quiere mejor, viva el día de hoy, no se preocupe que esto también pasará”.


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