Tomado de Cuentos Cortos por Antonio de Mello
El templo habÃa estado sobre una isla, dos millas mar adentro. TenÃa un millar de campanas. Grandes y pequeñas campanas, labradas por los mejores artesanos del mundo. Cuando soplaba el viento o arreciaba la tormenta, todas las campanas del templo repicaban al unÃsono, produciendo una sinfonÃa que arrebataba a cuantos la escuchaban.
Pero, al cabo de los siglos, la isla se habÃa hundido en el mar y, con ella, el templo y sus campanas. Una antigua tradición afirmaba que las campanas seguÃan repicando sin cesar y que cualquiera que escuchara atentamente podrÃa oÃrlas. Movido por esta tradición, un joven recorrió miles de millas, decidido a escuchar aquellas campanas. Estuvo sentado durante dÃas en la orilla, frente al lugar en el que en otro tiempo se habÃa alzado el templo, y escuchó, y escuchó con toda atención. Pero lo único que oÃa era el ruido de las olas al romper contra la orilla. Hizo todos los esfuerzos posibles por alejar de sà el ruido de las olas, al objeto de poder oÃr las campanas. Pero todo fue en vano; el ruido del mar parecÃa inundar el universo.
Persistió en su empeño durante semanas…
Cuando le invadió el desaliento, tuvo ocasión de escuchar a los sabios de la aldea, que hablaban con unción de la leyenda de las campanas del templo y de quienes las habÃan oÃdo y certificaban lo fundado de la leyenda. Su corazón ardÃa en llamas al escuchar aquellas palabras… para retornar al desaliento cuando, tras nuevas semanas de esfuerzo, no obtuvo ningún resultado. Por fin decidió desistir de su intento. Tal vez él no estaba destinado a ser uno de aquellos seres afortunados a quienes les era dado oÃr las campanas. O tal vez no fuera cierta la leyenda. RegresarÃa a su casa y reconocerÃa su fracaso.
Era su último dÃa en el lugar y decidió acudir una última vez a su observatorio, para decir adiós al mar, al cielo, al viento y a los cocoteros. Se tendió en la arena, contemplando el cielo y escuchando el sonido del mar. Aquel dÃa no opuso resistencia a dicho sonido, sino que, por el contrario, se entregó a él y descubrió que el bramido de las olas era un sonido realmente dulce y agradable. Pronto quedó tan absorto en aquel sonido que apenas era consciente de sà mismo. Tan profundo era el silencio que producÃa en su corazón…
¡Y en medio de aquel silencio lo oyó! El tañido de una campanilla, seguido por el de otra, y otra, y otra… Y en seguida todas y cada una de las mil campanas del templo repicaban en una gloriosa armonÃa, y su corazón se vio transportado de asombro y de alegrÃa. Y concluyo que, si deseaba escuchar las campanas del templo, primero debÃa escucha el sonido del mar.
«Si deseas ver a Dios, mira atentamente la creación. No la rechaces: no reflexiones sobre ella. Simplemente, mÃrala».