Nuestras reuniones se convirtieron en una planta recicladora de recuerdos


Desde el octavo piso, por Faber Bedoya Cadena


El momento de desayunar, almorzar y comer para nosotros en esos lejanos días, eran encuentros respetables, no solo era, una cita con la comida; tenía un significado ritualista, los alimentos se bendecían antes de consumirlos, para darle gracias a Dios por su provisión y suministro, se hacía en silencio, trabajadores en una mesa y los patrones y su familia en otra. Se servían en utensilios metálicos, de loza, barro cerámica y vidrio.

Los platos de sopa, seco, tazas y pocillos en loza o cerámica, eran para los patrones, a los trabajadores les servían en los metálicos y algunos de los pocillos o platos estaban desportillados, en los bordes o en el asiento, por los golpes que les daba la vida. Los de vidrio eran para casos especiales, o para servir los jugos.

Claro que existieron las copas aguardienteras y los vasos cerveceros de vidrio, los cuales eran exquisito arsenal para las peleas en los bares o cantinas, cierto don Gonzalo.

Una tarde el tio Alberto, por parte de mi mamá, llamó al otro tío Nicolás, para decirle que el contrato de hacer las cajas de madera para distribuir la cerveza, se terminaba porque aparecieron las cajas plásticas. Alberto distribuía al por mayor la cerveza y Nicolás el mejor y único carpintero del pueblo. “Usted porque no me avisó de esta situación, ya compré toda la madera para hacer las cajas, no me puede hacer esto”, mi hermano, esa orden viene de Bogotá, yo no tengo nada que ver. No recuerdo que hizo el tio Nicolás, con esa cantidad de madera y sunchos que había comprado.

Eso sucedió el pasado lunes 21 de octubre, pero de 1958, o antes.

Si señora Ayda, había hecho su entrada triunfal en nuestras vidas, sin pedir permiso, el plástico y para quedarse definitivamente. Empezó a reemplazar todo, era muy barato, lo regalaban y se depositaba, después de usarlo, en una talega, también de plástico, o sea, apareció en nuestro diario vivir, elementos que no servían para nada. Pues lo que nosotros considerábamos basura, la utilizábamos como abono en los cafetales o era aguamasa que se la dábamos a los marranos, nunca se desperdiciaba algo. Los empaques o las bolsas de la parva, María Nieves las guardaba, “esto sirve para algo”, lo cual siempre era verdad.

Aparecieron las bolsas, empaques, impermeables para los trabajadores que los protegían en tiempos de lluvias, los camioncitos de juguete que antes eran de madera, ahora eran plásticos, las muñecas antes de trapo, ahora muy bonitas de material sintético. Eso era lo que llegaba a nuestro retirado municipio del sur de Caldas, Montenegro, y lo que oíamos en la radio o leímos los domingos en el periódico, como sería en las grandes ciudades.  

Pero como te parece estimado Fabio, que no había terminado el sombro por el plástico cuando apareció un primo hermano suyo, el plato desechable, eso fue en la pasada Semana Santa de 1960. Y entonces, ahí fue Troya, todo se volvió de un solo uso, se usaba y se botaba. Como sería que la producción nacional de plásticos se formalizó con la fundación de la Asociación Nacional de Plásticos en 1961 y esto permitió que vasos, platos y cubiertos desechables pasaran de ser artículos importados o de lujo, a productos cotidianos y económicos para las familias colombianas. En el 2020, el consumo de estos utensilios creció exponencialmente, llegando a registrarse cifras de más de 235 millones de platos desechables consumidos al año. Eran tiempos de pandemia.

Pero independiente del fenómeno económico, los derivados del petróleo, nos cambiaron la vida a los montañeros de antes. Era para nosotros muy difícil concebir que la ropa, los utensilios de cocina, la comida, del comedor, de las alcobas no duraran “toda la vida”, era un placer, guardar las cosas. Cuando murió mi suegro tenía un escritorio lleno de cosas que ya no servían para nada, pero él creía que algún día se iban a utilizar. Y entonces nos tocó vivir la época en la cual es verdad el solo por hoy, mi querido Guillermo.

En este momento, todo tiene fecha de caducidad, todo se termina, la garantía es solo por 10.000 kilómetros para los de gasolina o 500 de autonomía para los eléctricos. Los electrodomésticos traen un sello de garantía y cuando se deñan no se reparan, se reemplazan. Y siguen datos de muchos supermercados. En estos días llevamos una aspiradora para el carro que se nos dañó, el técnico nos dijo con cara muy seria, “este es desechable, ya cumplió su vida útil”. Y lo grave es que esta expresión se extrapolo a lo humano, hubo un momento en el cual, a los habitantes de la calle, se les llamó “desechables” o hubo “matrimonios desechables”. Afortunadamente esto solo es un mal recuerdo.

Estos artículos desechables tenían un largo tiempo para ser degradados y Colombia tomó cartas en el asunto e implementó un cambio de rumbo radical mediante la Ley de Plásticos de un Solo Uso, Ley 2232 de 2022. Esta normativa prohibió gradualmente la comercialización de diversos artículos plásticos, impulsando a que sean reemplazados por alternativas biodegradables hechas a base de cartón, caña de azúcar, maíz o incluso hojas de guadua.

Afortunadamente apareció en escena, vestido de gala, un señor muy valiente que vino a poner en jaque, el desorden desechable, el RECICLAJE. Pero señores, sonó la campana, perdón el timbre, para cambio de clase, nos vemos en la próxima, ya saben el tema, a investigar.  


Inicio >> Reflexiones >> Faber Bedoya >> Nuestras reuniones se convirtieron en una planta recicladora de recuerdos



Descubre más desde De todo un poco

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.