De la finca solo quedo un recuerdo


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya Cadena


En los habitantes del antiguo Caldas, todo giraba alrededor del café. Las extensas tierras y las pequeñas parcelas, estaban sembradas de café, plátano, yuca, guamos, pasto. Todo entreverado, en conjunción con la naturaleza y una convivencia pacífica y renovable con el medio ambiente. El paisaje lo adornaban los esbeltos guaduales, con el alegre cantar de las aves y custodiado por innumerables animales domésticos y salvajes, quienes se fueron amoldando a la vida con los humanos y terminaron conviviendo con nosotros, e íbamos a beber, a nadar en ríos de cristalinas aguas y vírgenes de contaminación.

Eran dos estilos de vida, el campo, la urbe, lo rural y lo urbano y en esos años 50, la ciudad nos quedaba muy lejos, entonces teníamos acceso y comunicación con la vereda, Pueblo Rico, y con el pueblo, Montenegro, que para nosotros era muy grande, moderno, acogedor y advertíamos, disfrutábamos las agradables diferencias.

Pero definitivamente éramos campesinos, como la gran mayoría de la población del sur de Caldas, esa era nuestra vida. La finca del abuelo era muy grande, teníamos de todo, hasta jeep Willys, y un automóvil, berlina, Ford 48. A medida que cada hijo se casaba, el abuelo le daba una parcela de tierra de 16 cuadras, para que mantuviera su familia. Cuando murió ya había repartido toda la finca, quedaba una parte para él y su esposa, mi abuelita.

Pero con su muerte no solo se extinguió una estirpe, sino que aparecieron los pleitos por la herencia. De los hijos, uno se dedicó a estudiar, fue médico y especialista en Argentina, hizo otra especialización en Rumania y otra en Israel, total no tuvo tiempo para dedicarse a la finca. Ese lote lo administró un hermano, lo usufructuó todo el tiempo y rendía escasas cuentas. Otro lote de una hermana, la menor, quien estudió en Bogotá se casó con un destacado abogado de Ibagué, allí se radicó y delegó en el mismo hermano la tenencia de la tierra.

Cuando el abuelo murió, en el velorio, en ese entonces los velorios se hacían en las casas, el hermano administrador de los dos lotes, que nunca protocolizaron escrituras y menos registro, mostró cuentas, facturas, recibos, de su labor durante 15 años de esas tierras. Respetá hombre, que no hemos enterrado a mi papá y usted nos viene con esas, espérese y no friegue. Esa fue su sentencia de malquerencia de los demás hermanos, de rechazo y lo hicieron a un lado. Pero él no se quedó callado y con un abogado citó, después del novenario, a una reunión para abrir la sucesión.

Me falta mucha vida y folios para describir todos los problemas que surgieron a raíz de esa herencia. Los linderos los corrieron, las cuentas nunca cuadraron, los que no tenían que reclamar, aparecieron ahora si de cuerpo presente, dos hermanos de crianza tenían escritura de lotes que el abuelito les había otorgado. Pero el problema eran los linderos, porque no había cercas, los limites eran de “este guamo derecho hasta la quebrada, o de este guanábano hasta la mata de guadua”, y las medidas eran hechas a “cabuya alzada”. De las palabras pasaron a los hechos, al machete y uno de ellos fue gravemente herido a bala, en una pelea entre ellos.

Nuestro padre nunca fue ajeno a las disputas, al contrario, como era muy amigo del médico este le otorgó poder amplio y suficiente para que lo representara, y quién dijo miedo, entró de lleno a la contienda. Y el esposo de la hermana de Ibagué, abogado al fin, también se metió. Eso duró muchos años. El encanto de la finca se terminó, la abuelita se vino de la finca, se la dejaron a unos agregados, después a un albacea. Los nietos, ya casados, todos nos abrimos y no volvimos a saber de ese pedacito de cielo donde transcurrió nuestra niñez y parte de la juventud.

Hemos pasado muchísimas veces por la finca, situada después del puente del rio roble en la carretera Montenegro a Quimbaya, y no sentimos la más mínima curiosidad por entrar a ver que queda. Nuestro padre murió sin finca, sin tierra, solo un tío conservó la propiedad hasta hace poco, que un hijo vendió lo que quedaba en Pueblo Rico. Y ya no vive ningún pariente en esta vereda. Esta historia se repitió muchísimas veces por estos lados, la mayoría vendieron, los hijos malgastaron la herencia, o entre ellos se mal repartieron y uno se quedó con todo, bueno todas las versiones que usted, mi querido Gabriel, quiera que le narre.

Pero lo que advertimos hoy en este terruño de un verde interminable y adornado con esbeltos guaduales y ríos hastiados de contaminación, es la presencia de un turismo malévolo y despiadado con la tierra. Ya los raizales del Quindío nos sentimos extraños en nuestro pueblo, que la han transformado de la noche a la mañana, en hostales, fincas turísticas, hoteles, posadas y cuenta con diez parques temáticos, once con el nuevo de laberintos en Quimbaya, extraordinario, por demás.

Será que entonces ya no es población rural y urbana, sino turistas y nativos. Ya al vecino hay que preguntarle, de dónde eres, o de dónde vienes, porque de aquellos paisanos y aquellas fincas, ya solo queda el recuerdo.


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