En este diciembre se nos llenó la vida de niños y jóvenes


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya


Me da mucha pena con los estadísticos y demás estudiosos de la sociedad quindiana, pero tengo que contradecirle sus datos sobre la población actual, pues en este diciembre, aparecieron por todos los confines de nuestra geografía cuyabra, más jóvenes y niños que todos los años, además de mascotas.  En estos días de novena que llevamos, hemos asistido a los tres grandes centros comerciales, a una plazoleta de un barrio al norte de la ciudad y a otra del sur, y la cantidad de niños, jóvenes, y mascotas, que aparecen es impresionante.

Y nos extasiamos viendo a Lorenzo, el bisnieto de mi hermana, tiene 16 meses, jugar con carritos, ya tiene 28 y los forma en fila, para salir a pasear con ellos. Con esos vehículos conoció los números, sabe contar hasta 9, vuelve, empieza, su “nana”, le dice diez y él se niega a repetir, esperemos a ver, que un día le dar la santa gana, de seguir contando. Y la primita, o sea la hija de la otra nieta de mi hermana, tiene 6 años y juega con muñecas, unas barbies hermosas, parecen niñas, una piel lozana, tersa, delicada, con unas manos, pies, ojos, que aterran de lo perfectos. Trajo una parte de la casa y otras muñequitas, con ropa para cambiarla, no, nos metimos en la grande nosotros los mayores, para entender ese metalenguaje de las muñecas y su entorno fantástico.

Porque los juguetes que tuvimos nosotros, en esa niñez lejana, eran muy artesanales, confección casera, más importante que un carro, era la ropa, pero siempre teníamos algo con qué jugar. Nosotros los varones hacíamos de cualquier artículo, un juguete, lo arrastrábamos, les dábamos vida y en nuestra ingenuidad, de un palo que cortaba mi papá, nos hacía un caballito que nos ayudaba a llegar al pueblo. Un tesoro alcanzable eran las bolas de cristal, para jugar al pico y cuarta, o a la vuelta a Colombia o a los cinco huecos. Los trompos, las ruedas para impulsarlas con un palito, los neumáticos, un cartón para deslizarnos por un potrero, con las tapas de la botella de leche Ilca, o las de gaseosa o cerveza, o las cajetillas de cigarrillos Pielroja, hacíamos cartas para jugar. Los juegos de los niños eran muy físicos, preferíamos jugar chucha o lleva, o guerra libertadora, y desde luego al futbol. A las niñas no les faltaron las muñecas, que cómo han evolucionado, desde las muñecas de trapo, después plásticas, rígidas, más adelante movieron los brazos, los ojos, y algunas decían mamá, hasta ver las “barbies” de hoy, que son espectaculares.

El juego para los niños de antes, era una ocupación, un oficio, un quehacer. Juego era sinónimo de niño. Aproveche ahora, porque cuando entre a la escuela, allá si lo van a aquietar, pero eso nunca sucedió en muchos de nosotros, porque en los recreos jugábamos mucho. Hablo de nosotros los niños, porque las niñas eran otro cuento, totalmente desconocido para nosotros, solo los que teníamos hermanas, sabíamos que pasaba en el mundo femenino.

Los juguetes y en general los juegos, participaron activamente en la formación de nuestra personalidad. Era ingente la creatividad, imaginación, que desplegábamos para elaborar juegos, hacer de un aro un carro, de una hoja de plátano un arma de fuego, con una sábana hacíamos un teatrino, con unos tarros de salchichas, hicimos teléfonos. Y nos faltan datos de otros amigos de las cosas que hacíamos con tal de jugar, cualquier calle era una cancha de futbol, no hubo árbol al cual no nos subiéramos. Pero más significativo, muchos años después lo entendimos, eran las normas y reglas que nos inventábamos para los juegos, eran estrictas de riguroso cumplimento, la trampa era vetada, no existían tiempos reglamentarios, no me acuerdo de que hayamos cobrado un penalty, o expulsado un jugador, nunca necesitamos árbitros, todo era leal, acordado tácitamente, de palabra. El partido se terminaba cuando anochecía, o ya cansados. “el que meta el próximo gol gana”, o mejor cuando el dueño del balón se emberracaba y se llevaba la pelota.

Nosotros también crecimos con los juegos de mesa, la baraja española, o “tute”, dominó, parqués, las damas chinas, la lotería, los rompecabezas, Y otra vez se premiaba la agilidad mental, la memoria, la seriedad para enfrentar los retos que imponían los tableros o las cartas. Cada juego tenía sus reglas que había que seguir, so pena de ser excluido, pero éramos niños. Las metas eran comunes, se podía compartir, competir sin egoísmos, cero polarizaciones, menos discriminaciones, decidida aceptación de la diferencia, nada de bullying, o mejor, como que eso no importaba, cada cual sabía que podía hacer y vivía tranquilo. Así fuera gordito o “cuatro ojos”, como les decíamos a los que tenían que usar gafas.

Pero un día, oh sorpresa, a los niños también los absorbió la tecnología. Entonces aparecieron los carros a control remoto, la pista de carros, los video juegos, los legos, los juegos desde el celular, entonces lo que se necesita es una tableta o un celular y ahí lo tienen todo. Pueden hasta jugar varios deportes, como tenis o futbol desde una aplicación instalada en su portátil.

Una de las características de una vejez saludable es, poder jugar con los nietos, pero otra vez te equivocaste estimado Roberto, la frase correcta es, una de las características de una niñez saludable es poder jugar con los abuelitos y adaptarse a sus circunstancias.    


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