Converso, leo, camino y escribo, para renovar archivos

Converso, leo, camino y escribo, para renovar archivos


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya Cadena


Desde que me encontré con mi padre y hasta cuando se fue de esta dimensión, lo conocí hablando, conversando, contando historias, verdades imaginadas, cuentos que en sus palabras parecían realidades sacadas de un carriel lleno de fantasías. Él fue vendedor de seguros en la Compañía Colombiana de Seguros, cuyas oficinas estaban localizadas en el edificio Valorización de la plaza de Bolivar, su gerente era don Raul Mejia Calderon, quien después fuera alcalde de Armenia. Vendía un intangible, totalmente desconocido para los ilustres campesinos del Quindío y aun para los encumbrados terratenientes locales. Fue destacado por sus ventas millonarias durante varios años, “son a los únicos, en Armenia, que les pagan por conversar y convencer a la gente de que compre, algo que no se ve”. Eso decían de los vendedores de seguros de vida, claro que era la década del 60 al 70, ayer por la tarde.

Se necesitó del suceso de 1999 en el Quindío [N.E. Terremoto 1999], para que valoráramos la importancia de tener asegurados los bienes inmuebles y mejor todavía, la vida. En la actualidad los seguros se compran en oficinas autorizadas, se descuentan de la tarjeta, se adquieren en línea, vienen incluidos en el crédito que se adquiere, en el pasaje, no hay necesidad de los asesores de antes. Sin darnos cuenta y muy despacito, nos absorbió la tecnología. En estos días llegamos a la panadería de la esquina, la de siempre, a tomarnos un café con pandebono y la sorpresa fue grande, esta remodelada, hay que ordenar, pagar primero y se reclama el producto al final del mostrador, ya no está la “pispa” mesera que nos atendía en la mesa y nos alegraba la mañana y se esperan más cambios. Nos mudamos de sitio, pero en el otro se paga primero y se lo llevan a la mesa, una sola dependiente hace todo, entonces siempre se demoran los pedidos.  Esto es muy duro para los viejitos obstinados y llevados de su parecer, mejor en paisa, tercos y caprichosos.

Pero la duración y el contenido de las conversaciones también han variado mucho, en lo corrido del año hemos tenido un amplio menú de temas, el primero las elecciones parlamentarias y presidenciales y el segundo, el campeonato mundial amañado de la FIFA para unos y para otros, la más grande manifestación de tecnología y un espectáculo digno de la ciudad de los Ángeles, lleno de efectos especiales, comedia, suspenso, árbitros acomodados y una conspiración bien montada para que gane el que sabemos. Entonces en este contexto, las historias de la cotidianidad son relegadas, es mejor sentar cátedra sobre las repercusiones políticas y sociales de los ganadores en la vida ciudadana y como nos hemos de acomodar a las circunstancias venideras. Surge una sonrisita satisfactoria, la mayoría somos pensionados, otros tuvieron el bono pensional y adquirieron bienes que les reportan buenos réditos económicos, suficientes para vivir. Los que no tienen pensión, ya se acostumbraron o nunca necesitaron de esos emolumentos para vivir.

Será que a los contadores de historias también nos bloquearon, nos sacaron del llavero, o nos mandaron para el cuarto de san Alejo. Me resisto, me declaro en desobediencia escrita. Todavía me quedan muchos cuentos de mi papá, de mis tíos y vecinos por narrar, sino como les parece lo que me contó Cardenio en estos días, que la semana pasada, un profesor compañero de trabajo de la universidad lo llamó desde su pequeño apartamento en Bogotá, al cual quedó reducido, porque está muy enfermo y quiere que lo visitemos sus antiguos compañeros del grupo de investigación primero,  después de trabajo en el laboratorio en la UNAL, para terminar en la gran empresa de plásticos de la cual fue fundador y propietario.

El profesor, una eminencia reconocida, nacional e internacionalmente, en la Química, organizó su hogar con una ilustre dama santafereña, tuvo dos hijos ya muy organizados profesional y personalmente. Un día se vio muy enfermo y decidió entregar sus bienes, a la señora le escrituró la casa grande en el Country y a los hijos una finca en la sabana extensa en producción y la empresa de plásticos, la cual rápidamente vendieron y se repartieron entre todos los dineros. Pero oh sorpresa se alivió, pero a los pocos meses la señora enfermó y murió. Se abrió la sucesión y los hijos no quisieron saber de la casa, se la dejaron al padre. Siempre había tenido una fiel secretaria, muy joven y hasta bonita la china, solterona ya y ella se ofreció a acompañarlo el resto de sus días. Lo malo eran sus dos hermanos, uno, excelente persona y muy trabajador, pero el otro vivía de lo que la hermana le daba. En conversaciones con los hijos y ante la negativa de ellos de aceptar la casa en donación, convinieron pagarle con ese inmueble las cesantías y los servicios prestados a Inesita, la fiel secretaria del profesor. Quedó eso acordado, y en la notaría 33, se protocolizó la venta por donación, todo a nombre de Inés. Y empezó Cristo a padecer, el hermano que no tenía donde caer muerto, pidió una pieza para él, el otro también, fueron muchas las peleas y ratos malucos que pasó el profesor. Pero oh sorpresa, un día se murió Inesita, y ahí sí fue Troya, el profesor salió de su residencia, antes de enfrentar semejante embrollo, prefirió irse para su apartamento pequeño en el centro y se olvidó de su casa. Ahora en este encuentro nos contará en que terminó ese novelón.

Pero la gran verdad es que tenemos que renovarnos, actualizarnos, los dos temas de este año nos dejan enormes enseñanzas, los cambios que se vienen son muy drásticos, necesario es mantener la mente abierta, lejos de la incertidumbre, consecuentes con el solo por hoy, fervorosos fanáticos de la verdad y el orden, antes de que suene el pitazo final. Por eso ahora realizo mis cuatro actividades favoritas, para renovar archivos, enunciando así el primer propósito en este alargue del partido de la vida.  


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