Por Manuel GĂłmez S
Generalmente, los celos infundados se dan. Hombres que vigilan a la esposa, preguntas que van y vienen. Las mujeres se las saben todas. Saben exactamente qué sucede.
Un hombre sospecha que su esposa le está siendo infiel, asĂ que un dĂa llega temprano del trabajo. Su esposa lo recibe en la puerta del apartamento en el tercer piso con una bata de baño y el cabello desordenado. «¿¡DĂłnde está!?», exige. «¿DĂłnde está el tipo que ha estado durmiendo contigo?»
«No sé de qué hablas, querido», responde ella. Entonces, el hombre comienza a revisar toda la casa, buscando a quien ha estado con la esposa. Finalmente, llega a la cocina en el tercer piso, mira por la ventana y ve a un tipo sentado en un Volkswagen.
«Es él», piensa el hombre. «¡Es el tipo que ha estado durmiendo con mi esposa!». Furioso, levanta la nevera y aunque espesada, él puede con la misma, la lanza por la ventana, le da un ataque al corazón y muere.
San Pedro lo recibe en las puertas del cielo. «¿Por quĂ© estás aquĂ?», le pregunta, y el hombre responde: «SabĂa que mi esposa me estaba engañando, asĂ que lleguĂ© temprano a casa. Vi al amante sentado en su Volkswagen en la calle, le lancĂ© la nevera, me dio un ataque al corazĂłn y morĂ». San Pedro frunce el ceño y dice: «TĂş no perteneces aquĂ. Vete al infierno». Jala una gran palanca, se abre una trampilla y el hombre desaparece.
Un par de minutos después, otro hombre llega con San Pedro en las puertas del cielo. «¿Qué haces aqu�», le pregunta San Pedro, y el hombre responde: «¡No lo sé! Estaba sentado en mi Volkswagen, tranquilo, cuando una nevera me cayó encima«. San Pedro lo señala con el dedo y le dice: «Ya me enteré de ti. ¡Tú también vete al infierno!». Jala la gran palanca, se abre la trampilla y el hombre desaparece.
Un par de minutos despuĂ©s, otro hombre llega con San Pedro en las puertas del cielo. «¿QuĂ© haces aquĂ?«, pregunta San Pedro. Claro que primero lo mira de arriba a abajo. Pues no estaba en la lista todavĂa.
“Por donde empiezo. Fui a llevar una encomienda a la casa de una familia. Dejé mi moto junto a la puerta el edificio y subà al tercer piso. Toqué el timbre, salió la señora, pero estaba recién levantada, me recibió el pedido y cuando me iba a ir me dijo: “rápido, métase a la nevera. Llegó mi marido. Mi marido es muy celoso y no va a creer que usted es el repartidor”.
San Pedro volviĂł a mirar los registros y ese domicilio no estaba en la lista del dĂa “¿Sabe quĂ©? No lo puedo regresar, pero entre”.