Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya
Cuando empezamos labores como maestro, en la escuela Ciudad Armenia, también conocida como la “Giralda”, establecimiento construido por la Alianza para el progreso, del gobierno del presidente Kennedy de los Estados Unidos, para iniciar las clases se requería un mínimo de cuarenta niños por grupo, de primero a cuarto, fácil, rápido se llenaron los cupos, pero para quinto, tuvo el director, don Oscar Casas Molano, que recurrir a miles de argucias y promesas para completar el numero requerido. Fui el último profesor en llegar y me tocó el grado quinto, tenía 19 años, menor de edad y tuve alumnos mayores en edad, que mi persona. Todavía tengo el honor de encontrarme con alumnos de esa época, como, Fernando y Jesús María Martínez, Oswaldo Tabares, Alveiro Valencia, y otro que tiene un taller de reparación de artículos eléctricos, que no recuerdo su nombre, pero me muestra con orgullo el diploma que les di cuando terminamos el año escolar. Empezaron cuarenta y terminaron 22 compañeros, una “mortandad” escolar muy alta.
Me trasladaron a la escuela del barrio el Placer, como director, este era un barrio poblado en su mayoría por habitantes de Montenegro, desplazados de la violencia partidista, en su segunda etapa, es decir cuando fueron los liberales los que arremetieron contra a los conservadores. Ellos me conocían como hijo de una familia muy liberal y siendo conservadores, no me tenían en buena estima. Me hicieron la vida imposible, y alcancé a durar un año. Realmente esa época de la violencia partidista en Colombia, para quienes la vivimos en carne propia, fue muy horrible. Si quiera se murieron nuestros abuelos y padres, quedamos los hijos que ya poco o nada, nos interesa recordar esos episodios nefastos. Me auto desplacé y fui a parar a Salento, como maestro en la escuela de varones Santander.
Solo por la gracia de Dios, viví de primera mano la educación primaria en toda su esencia. Teníamos en el salón de clases alumnos venidos de fincas cercanas, de veredas, caseríos, del mismo pueblo, conocí la inocencia en su mayor expresión, en la mirada de pequeños que veían en nosotros amparo, protección, refugio, ayuda. Al principio nos tenían, temor, recelo, desprecio, eran todas las emociones del ser humano reflejados en un niño. Nos ganamos, primero que todo, su confianza, amor, y al final nos traían regalos de sus casas, o lo mejor del mundo, nos invitaban a almorzar con ellos en sus viviendas. Ser maestro en esos tiempos era un verdadero honor, a nosotros nos llegaron a llamar “segundos padres, apóstoles”, y siguen otros calificativos, claro que también nos tenían apodos de todos los calibres, en silencio recordemos esos famosos apelativos a nuestros queridos profesores, que, por respeto a sus descendientes entre nosotros, es mejor callarlos, pero solo digo uno, “Atila, el rey de los unos”, para un profesor de francés. Ustedes se acuerdan de muchos más.
La vida ha cambiado tanto, que parece que estuviéramos viviendo “una vida que no nos corresponde”, somos espectadores, artistas secundarios, en un reparto que hace rato se terminó y empezó otra obra con actores desconocidos, nuevos. “yo soy el hijo de Alvaro, y estos son mis hijos”, como así, “si, he vivido muchos años en Bogotá, en el extranjero, y vine a pasar esta Semana Santa con él, está muy vital todavía, aunque después de esa caída quedo un poco desmejorado, pero no pierde su jovialidad y buen humor. Era una frase muy común en estos días santos. Como tuvimos tantos alumnos, en el centro comercial nos encontramos con jóvenes, adultos ya, que nos recuerdan como maestros y nosotros hacemos esfuerzos por recordarlos, también ellos cambiaron mucho, lógico.
Es una dinámica existencial muy tenaz, nosotros los muchachos de antes, los jóvenes veteranos, los que están bien, regular, enfermos, convalecientes, sobrevivientes, recién operados, caminando erguidos, con bastón, que no salen, que mantienen en la calle, tertulias, conciertos, asociaciones, gimnasios, otros que sencillamente viven “hasta cuando Dios siga echando días”, nos encontramos con esa vida joven, recién hecho adultos, otros que tienen hijos grandes, o con nietos, o sea, mis compañeros son bisabuelos, no puede ser, a que horas, nos volvimos tan viejos, no mejor, es que ellos se apuraron mucho, y siempre nos pasa lo mismo. en estas celebraciones.
Y la Semana Santa nos recuerda muchos hechos significativos de la vida del Señor, hecho humano, volvemos a reflexionar, vivimos la devoción en las ceremonias, en las procesiones, SI, persistimos en la fe, seguimos firmes en nuestras creencias de niños, jóvenes, adultos, padres, ahora abuelos y seguramente hasta ahí, porque los nietos ya manifestaron su determinación de no tener hijos, y me dice María Eugenia, que sus hijos ya le dijeron que no espere ser abuela, fácil va a venir una generación huérfanos de nietos. Somos orgullosos de seguir diciendo amen en comunidad y contigo al lado, apreciado alumno, compañero de trabajo, colega de la vida, felices pascuas.
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