Los profesores ponen las tareas para joderlo a uno, para cagarse en el escaso tiempo libre después de las clases, pero no hay otra opción, toca hacerlas y con mayor razón si de eso depende la asignatura.

Para cumplir mi deber, escogí al personaje más querido del colegio, a quien todos los estudiantes le debemos algo; una manga, una piña o las grosellas con sal.

Ella nos conoce, nos da crédito y nos escucha en silencio mientras contamos nuestras aventuras del fincho en el primer descanso del Lunes.

Dicen que lleva más de veinte años vendiendo frutas en la cancha de fútbol, ya está anciana.

Se sorprendió cuando le conté el propósito de la entrevista, porque nadie hasta ahora le había preguntado nada suyo, pero accedió a contarme su vida, si eso me servía para no hacer refuerzo académico intensivo durante todas las vacaciones.

Vivo en un barrio de ladera, en la comuna veinte, pero mejor no le digo el nombre para no meterlo en problemas. A mi esposo lo mataron unos bazuqueros por robarle dos mil pesos, en esa época eran veinte mil de ahora.

Mi hija me dio dos nietos. A los quince el noviecito la preñó y nació el primero. Ese muérgano del Milcíades ni siquiera esperó el séptimo mes de embarazo para perderse del barrio.

Luego empezó a vivir con Fidelio y llegó el otro nieto. Ese Fidelio si era buen tipo, pero se lo llevaron para el cuartel y un día volvió envuelto en la bandera. Claro que ese entierro sí estuvo bonito porque el ejército pagó todo y hasta tocaron esa trompeta que tocan cuando van bajando el cajón.

La última vez que quedó viuda tenía un mozo borracho y vago, entonces ella dejaba pagado en el granero de la esquina el diario de una semana para sus hijos, él lo reclamaba, hacía el almuerzo y los mandaba al colegio por la tarde.

Un día, Arnulfo, alma bendita que en paz descanse, a pesar de todo el sufrimiento de mi Ruby Yomaira. Fue a pedir los quinientos de revuelto, la cucharada de manteca, la media de arroz y el cuarto de panela, pero los dueños del granero no estaban. Habían dejado a unos parientes que insultaron al Arnulfo y le dijeron que se fuera a pedir a otra parte, él se enojó, les partió una vitrina con una pedrada y salió corriendo para la casa.

Esa tarde los niños se fueron sin almuerzo y cuando él iba para el billar, los del granero lo cogieron a puñaladas y se desangró en la calle hasta que mi Ruby llegó en la noche, recogió a los niños donde una vecina e hizo las diligencias para enterrarlo en el cementerio de la parte baja del barrio, allí donde el entierro en fosa común es más barato.

No, joven, allá las cosas son así, nadie ve nada, nadie escucha nada, nadie se mete en nada si se quiere seguir vivo y no ser echado del rancho.

Por esa razón los pelaos hacen pandillas, para protegerse unos a otros.

Pero eso tampoco les sirve porque los milicianos, esos de la guerrilla que mandan por allá, los obligan a meterse a sus grupos o si no los matan.

Así murió mi hija, defendiendo a su muchacho de quince años.

El jefe de los milicianos ya se la tenía montada y como el pelao no quiso unírseles empezaron a acosarlo, hasta que se enamoraron de él.

No joven, eso no es bueno, donde nosotros tener un enamorado es tener una liebre, alguien que en cualquier momento te matará.

Ese domingo por la mañana le dieron la noticia; a Jhon Estiven le habían pegado cuatro tiros y sus amigos ya lo habían bajado al centro de salud al lado del caño.

Cuando ella iba para allá se encontró con el jefe de los milicianos y le hizo el reclamo. Él le dijo: “Aletosa malparida dejá la escama, dejá la murga, sos peor que una gotera”. Y le metió tres tiros. Yo estaba cerca, la recogí en silencio y con la ayuda de unos vecinos la montamos en una de las gualas que bajan a la gente hasta la calle quinta y nos fuimos para el centro de salud.

¿Denuncias, autoridades, redadas? Eso lo ve usted en la prensa, o en los noticieros, pero allá arriba el cuento es otro, cada grupo impone su ley a bala, a cuchillo.

Al final no importa si son milicianos, paramilitares, policías o soldados. Todos disparan, todos matan, todo sigue igual al día siguiente.

Sí, yo sigo allá, no puedo hacer otra cosa, me quedé con mis dos nietos y solo Dios sabe qué pasará con nosotros. A mí poco me importa, ya estoy muy vieja para llorar más, ya no me cabe más dolor; además, el menor ya se bautizó y nos respetan.

No joven, en una iglesia no, ya hizo una vuelta, ya mató.

Gracias por escucharme estas historias, ojalá le sirvan para su tarea.

Cuando terminó su relato le compré cuatro mangas y me escondí detrás de la biblioteca a escribir.

Por primera vez no tenía pereza, por primera vez no quería olvidar nada, deseaba recordar y poner sobre el papel cada palabra.

Llegó la hora de salir; carros blindados, vidrios oscuros, camionetas, motos grandes. Los escoltas de algunos de mis compañeros inician el retorno y un nuevo camino de angustia…nunca se sabe.

Me subo en el bus del cole y tomo una ventanilla al lado izquierdo.

Pasamos la Sambue, la Ponti, Unicentro, Cosmocho, Panguanolandia o ciudad de hierro, el Panameriguizo, la Circunvala, el Podridódromo que atraviesa gran parte de la ciudad y cuyas aguas huelen a pura mierda y finalmente llegamos a Normandía.

Recepción, décimo piso, timbre, timbre, abre la empleada y de una me meto en mi cuarto, enciendo el computador para pasar lo del cuaderno, abro las cortinas.

Abajo la piscina y las esposas de mis vecinos que no faltan a esta hora de la tarde con sus diminutas brasileras tomando el Sol para estar bronceaditas para sus maridos, mientras les hacen las uñas, les depilan los alacranes y toman margaritas.

Al frente edificios, edificios, edificios…

Desde aquí la zona de ladera no existe.

Escribo, escribo, escribo…

¿Qué la señora de las frutas no servía? ¿Qué era un profesor, una profesora, la bibliotecaria, el rector, la secretaria, el chofer del bus, uno de los porteros, alguno de los aseadores, las del restaurante, cualquier otro personaje pero la de los mangos no?

La ira me hierve en la sangre, quiero decirle al profesor que es un catre hijueputa, un ñumpiras gonorrea, pero si lo hago me echan y si me echan no hay más carro, no hay más club, no hay más rumba, no hay más niñas…

Tiene razón profe, me equivoqué, por favor deme otra oportunidad para salvar la nota.

Estoy nuevamente en mi cuarto para escribir algo que le guste al profesor y salvar la nota.

Desde aquí, la zona de ladera definitivamente no existe y la señora que lleva veinte años vendiendo mangos en mi colegio tampoco.


Este texto obtuvo el primer puesto en el concurso de Cuento Urbano convocado por el periódico La Palabra de la Universidad del Valle en 2004.

Pertenece al libro: Pirsia de borondo por la Sucursal del Cielo, que está inédito.


Miguel Fernando Caro Gamboa

Por Webmaster: Luis R Castellanos

Experto en eLearning, Tecnologia y Seguridad Bloguero y profesor universitario. ___ eLearning, Technology and Security Expert. Blogger and professor.

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