Por Juan Valdés
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En el Quindío pareciera que la historia se nos está olvidando… o peor aún, que la estamos maquillando.
La reciente sobreexposición mediática del ex capo Carlos Lehder no solo resulta incómoda, sino profundamente preocupante. No se trata de negar la realidad ni de borrar el pasado. Se trata de algo mucho más serio: evitar que el crimen termine convertido en espectáculo.
Porque una cosa es informar… y otra muy distinta es romantizar.
Hoy vemos cámaras, micrófonos, titulares y hasta escenarios institucionales que giran en torno a quien fue uno de los fundadores del cartel de Medellín, responsable de alimentar una de las épocas más violentas del país. Un hombre que fue condenado en Estados Unidos a cadena perpetua más 135 años por narcotráfico, aunque luego su pena fue reducida tras colaborar con la justicia.
Y entonces surge la pregunta incómoda:
¿En qué momento pasamos de condenar el narcotráfico a normalizar su narrativa?
Porque no es menor el detalle: mientras el país aún carga las heridas de esa violencia, bombas, asesinatos, miedo colectivo, hoy se habla de estatuas, de retornos simbólicos, de recorridos casi turísticos alrededor de lo que fue su imperio. Incluso, una escultura asociada a su historia vuelve a ser tema de conversación pública, como si el símbolo fuera más importante que el contexto .

Y ahí es donde el asunto deja de ser anecdótico y se vuelve ético.
No, una estatua no borra una historia.
No, una cámara no legitima una vida.
Y no, un micrófono no convierte en ejemplo a quien hizo del delito su proyecto.
El problema no es solo él. El problema es lo que estamos haciendo como sociedad.
Estamos enviando un mensaje peligroso: que el tiempo limpia todo, que el delito puede convertirse en narrativa atractiva, que el pasado se puede suavizar con estética, turismo o nostalgia. Y eso, en una región que lucha por construir identidad, es una grieta profunda.
Porque mientras algunos lo entrevistan, otros, las víctimas invisibles de esa época, siguen sin voz.

Mientras algunos lo enfocan, otros siguen enterrando historias que nunca fueron contadas.
Y mientras algunos lo convierten en personaje, el riesgo es que nuevas generaciones comiencen a verlo como mito.
Y ese es el verdadero peligro: cuando los criminales dejan de ser advertencia y se convierten en referencia.
El Quindío no puede darse ese lujo. No puede normalizar que los micrófonos se abran más fácil para quien hizo daño, que para quienes han construido región desde el silencio, el trabajo y la legalidad.
Porque si seguimos en esa lógica, la pregunta final será inevitable:
¿Qué más podemos esperar de una sociedad donde los narcos terminan siendo ídolos?

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