Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C
Las ocasiones que nos proporciona la vida, para reencontrarnos y hacer presente nuestro exuberante pasado, las aprovechamos muy bien y la Semana Mayor pasada, fue un ejemplo patente de esta aseveración, la vivimos como si fuera la última. Es que antes decíamos, “vamos donde los abuelitos que esta puede ser la última semana santa que los tenemos”, ahora somos nosotros esos viejitos.
Es una realidad que provoca más preguntas que respuestas.
Desde los años escolares participamos activamente en las ceremonias de los días santos. Estudiábamos hasta el miércoles y desde el jueves hasta el sábado, eran jornadas de recogimiento. Desde antes, porque teníamos los retiros espirituales que los realizábamos en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, los del Rufino, solo los estudiantes de tercero a sexto. Predicadores que nos llenaban el corazón y el alma juvenil de escenas de terror, una vez un sacerdote no contó una historia de un joven incrédulo sentado siempre en la última banca y se quedaba dormido en las prédicas, y “por descreído, el señor lo castigó y se lo llevó para el otro mundo”, entonces nadie quería hacerse en las últimas sillas, menos quedarnos dormidos. Infundir temor era la nota predominante, todo era lejano, ajeno a lo terrenal, para un mundo irreal. Para alcanzar la vida eterna y la felicidad perpetua, teníamos que morirnos.
Son preguntas que nos hacemos en las ocasiones especiales y cuando nos reunimos en familia y encabezamos la mesa, cómo nos verían los abuelos de antes a estos desteñidos patriarcas o a la mejor, muy representativos de su estirpe.
En las ceremonias hay un sentimiento común que se percibe en el ambiente y es el recogimiento, el encontrarnos con nosotros mismos, hacer un alto en el camino, para decir aquí estamos “presente y siempre combatientes”, unidos en la fe consciente, activa, participativa, transformadora, solidaria, sincera, flexible, comprensiva. Y por un momento los especialistas en hacer enojar a los demás, los graduados con honores en llevar la contraria, aquellos a los cuales les fastidia el bienestar propio y ajeno, se les ve atentos, tranquilos y entonando cantos a la vida en comunidad. Una procesión o un sermón atrae y convence, sobre todo los de ahora que son cortos, precisos, centrados en la realidad, en el aquí y el ahora, porque dicen “la vida eterna se vive en el presente”
Hace tiempo superamos la sentencia, “todo tiempo pasado fue mejor”, nos costó trabajo y pasar duras pruebas, que las transformamos en testimonios de vida, entender que la vida es un proyecto inacabado y que solo por la gracia de Dios, participamos activamente en su construcción. Y adquiere un significado diferente cuando vemos a Lorenzo el bisnieto de mi hermana de dos años, enfrentar con solvencia cualquier dificultad para caminar y seguir de largo ignorando peligros que nosotros los adultos le inventamos. El no sabe de futuros menos de pasados, no lo tiene, que alegría, apenas esta organizando el nuevo día.
Tenemos que aceptarlo es otro tiempo y las respuestas muy diferentes.
Pasamos por todas las traiciones de amigos, discípulos amados y familiares, no una sino hasta tres veces y cantaron “muchos gallos”, nos vendieron por monedas o gratis, nos condenaron con juicio o sin garantías procesales, cargamos un madero o varios, tuvimos generosos “sirineos” que nos acompañaron por un camino interminable de malas decisiones, también tuvimos estaciones de descanso en la angustia, no todos fueron situaciones adversas. Anduvimos los senderos del averno, acompañados, solos, abatidos, y salimos, porque comprensivos seres nos corrieron la piedra de la opresión y la malversación de los tiempos que el Creador nos dio, para vivirlos en el amor y en el servicio.
Y llegó el día del renacer, ahora se hace el sábado, cuando como, Nicodemo, tenemos que nacer de nuevo. Hace ochenta años estamos oyendo esa misma frase y esta vez adquiere profundo significado, está llena de la esperanza que no envejece, de los ánimos renovados, de la sonrisa necesaria, del humor que no caduca, de la resiliencia que permanece, la inacabable asertividad.
En mi caso acepto irrestrictamente la invitación que me hace la vida, a seguir siendo terco con la existencia, mientras pueda servirte con tanto gusto como lo hago, seguiré invicto, estaré del lado del amor, y entonado un cantico por la salud física, emocional y espiritual de cada uno de nosotros.
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