El continuo proceso de aprender, desaprender y reaprender


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C


El primer lunes de febrero, pero de 1952, iniciamos nuestra vida escolar en primero de primaria, en la escuela Santander de Montenegro. Ya habíamos tenido una experiencia en la recién fundada escuela rural de la vereda Pueblo Rico, del municipio de Quimbaya, porque en la finca, la tía Elena, era mucho lo que nos había enseñado. Esta nueva escuela era grande, con grupos hasta quinto, muchos estudiantes, profesores muy serios, casi todos hombres, había una o dos mujeres. Alcancé a estudiar dos años allí, nos sacó la violencia partidista, aterrizamos en el barrio la Pola de Armenia, nosotros estudiando en la escuela Olaya Herrera, mi maestro se llamaba don Gerardo López.

En la primaria el aprendizaje era audio visual, el medio trasmisor de conocimientos era solamente el maestro, el único libro que teníamos era el Catecismo del padre Astete, no existían las ayudas audiovisuales y se aprendía de memoria.

El bachillerato fue otro mundo para nosotros. En el Rufino J. Cuervo, de Armenia nos hicieron examen de admisión, me aceptaron, entramos 200 a primero de bachillerato en 1957. Rector, el doctor Bernardo Ramírez Granada, vicerrector Reinaldo Yepez. De esos 200 que iniciamos bachillerato, salimos 16 y en sexto A egresamos seis, siempre estudiamos en el grupo A. Fabio Echeveverry, con quien me veo con mucha frecuencia, somos vecinos, extraordinario ser humano, Alberto Zapata, Reinaldo Cardenas, Alirio Gutiérrez y Octavio Cardona. No volvimos a reunirnos.

Allí nos encontramos con los libros de Español, Aritmética, Ciencias Naturales, Geografía e Historia, cómo le pareció la relación con el Algebra de Baldor, o la Química, Física, Inglés, Lengua y Civilización Francesa, con don Daniel Serna, y pare de contar. Es una delicia encontrarme con Libardo y recordar esos años de bachillerato, o con el mismo Fabio, quien me cuenta que, en el último trasteo, se encontró un libro de geometría de esa época. Entonces el medio maestro ya no era solo el profesor, teníamos el libro, tantos, como materias cursábamos. El aprendizaje seguía siendo memorístico, poca comprensión, aplicación, análisis, síntesis y menos elaborar juicios.

La universidad fue coger el mundo con las manos, nos hizo profesionales, personas, nos enseñó a aprender, a investigar, a adquirir conocimientos, a elaborar constructos conceptuales por nosotros mismos. Teníamos la biblioteca central, no pedían libros, nos daban bibliografía, textos guías y de referencia. Hacíamos exposiciones, trabajos en grupos, los profesores empleaban medios audiovisuales, nos entregaban copias mimeografiadas, duplicadas mediante un esténcil. No existían las fotocopias. Y nos graduamos, Licenciados en Pedagogía y Administración Educativa, nos hicimos educadores, hasta el día de hoy.

Durante muchos años aprendí, enseñando, recientemente me encontré con un amigo que me dijo “fui alumno suyo en el San Solano y usted nos decía que estaba aprendiendo inglés con nosotros”. Fui profesor de esta materia en varios colegios de la ciudad. Realmente disfruté mi labor docente, gozo aprendiendo, siempre estoy en función de aprender algo nuevo, cuando completo ochenta y un cuadernos, muy bien escritos.  

No hace mucho en una conferencia con el doctor Angelmiro Galindo, nos habló de los procesos de “aprender, desaprender y reaprender”, en el sentido que es un continuo adquirir conocimientos, pero tenemos que eliminar contenidos, desaprender, y reemplazarlos por otros nuevos, reaprender, reiniciándose un nuevo proceso permanente de aprendizaje. Desde los sistemas, la informática, el mundo de hoy, esto es muy claro, objetivo, practico, así son las cosas, pero a nosotros los jóvenes veteranos, nos cuesta aceptar estas realidades. Cierto, dos por dos siempre serán cuatro, pero sin necesidad de operaciones mentales, la maquina lo trae, importan los resultados, no los procesos, la recompensa inmediata. “4 x 4 no es 16, es un utilitario muy potente”.

Siempre me ha acompañado dos herramientas mentales muy útiles, la atención y la memoria, poco amigo del olvido, en recientes conversaciones con amigos, cuando se trata de recordar algo, se recurre de inmediato al celular para comprobar la información suministrada. Estábamos hablando de nuestro “Deportes Quindío” de tiempos idos, y llegó un compañero con una aplicación con toda la historia compilada y a un clic de distancia. Y si hablamos de música, hay cualquier cantidad de opciones para acceder a algún título. Y en la parte académica, en el estudio, pues está todo en el celular.

Estos escritos son reseñas de la cotidianidad de Armenia y el Quindío y las obtengo de la conversación diaria con los amigos cultivados a lo largo de cuarenta y tantos años de maestro. Son mis experiencias, nuestras experiencias, sin pretensión ninguna, son trascendentes, porque nuestra vida lo es, son huellas, caminos que hicimos al andar. Y gracias a Dios hoy nos damos cuenta que nuestra capacidad para aprender o reaprender, sigue nuevecita, joven, como cuando teníamos 16 años y nos encontramos con la Trigonometría, enseñada por don Dagoberto Grimaldos, quien, por ser normalista rural, nunca cursó esta materia, pero la enseñó. Eso se llamaba osadía o valentía pedagógica. Afortunadamente esta información no la puedes comprobar con ninguna máquina, solo con nosotros, los exalumnos del Rufino, edición 60 al 70. Y quedamos muy poquitos, los tercos ante la vida.



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