Es una verdad inocultable: la salud empieza por la boca

Es una verdad inocultable: la salud empieza por la boca


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C


Una característica que nos ha acompañado toda la vida es el respeto por la comida, desde antaño nos hemos alimentado muy bien. En la niñez, en la finca, tomábamos tinto, tragos, antes del desayuno y hacíamos muchas faenas para merecernos esa primera comida, regularmente calentao, o huevos fritos en cacerola, o caldo de costilla. Los trabajadores se iban a coger el “tajo”, y al rato les llevábamos la media mañana, una taza de aguapanela con arepa. El sol era el reloj y cuando marcaba el medio día, venían al almuerzo, que era sancocho con un buen pedazo de carne, arroz, plátano maduro y mazamorra de sobremesa. Descansaban un momento, y otra vez a la faena, al rato les llevábamos el “algo”, una taza de chocolate con arepa o algún frito o cocinado, que se le añadía. Y al atardecer bajaban con el bulto de café, a medirlo por “latas”, que era una medida traída de los recipientes donde venia la manteca “la blanca”. Y venia la comida, por lo general frijoles con garra, chicharrón o carne frita, tajadas de plátano y agua de panela. Era el momento del descanso, se fumaba, se contaban cuentos, se entonaban canciones, no faltaba el trabajador que tenía una guitarra, se jugaba tute, y antes de irse a descansar se tomaba la merienda, un café con leche y una arepa. Y a dormir.  

El menú no era muy variado, algunas veces se cambiaba para ofrecer espaguetis, carne molida, pollo, o de vez en cuando, sardinas en lata, que era el único enlatado conocido. No conocíamos de dietas, ni del valor nutritivo de los alimentos, sencillamente teníamos que comer, todo giraba alrededor de la comida. Si quiere crecer, coma mijo, mientras el enfermo coma todo está bien y échele grasita a la barriga, si veíamos a un niño comiendo tierra, decían, “déjelo que eso aumenta las defensas”, tampoco. Teníamos una alimentación equilibrada y abundante, sin mucha ciencia, lo cual constituía un buen estado de salud, ayudando a prevenir y evitar la aparición de ciertas enfermedades. Teníamos los “tres golpes” diarios, desayuno, almuerzo y comida, con estricto horario, y como agregado, las medias nueve, el algo y la merienda. Inclusive, una forma de pago se llamaba “grabada, o sin grabar”, que consistía en que el trabajador llevaba la comida o el patrón se la suministraba, eran frecuentes los andariegos que trabajaban por la comida o la dormida.

Fue un evento conocer los dulces, los bombones, las frunas, las mentas “Tres t”, los panes de la panadería “Joldor”, el brazo de reina, las tortas, y los helados. Que alegría recordar tantas travesuras para comer algo, que según los mayores nos daban parásitos, o nos ponían barrigones, bueno, también fuimos lombricientos, tuvimos tenia o solitaria y nos purgaron con Quenopodio, desparasitante prohibido en la actualidad.

Es una verdad inocultable: la salud empieza por la boca
Quenopodio

Antes de comer se daba gracias a Dios, era un momento respetado, agradable, relajado, sentado, cómodo, casi un ritual. Así transcurrieron los doce primeros años de nuestra vida, en la ciudad, y en bachillerato, empezaron a cambiar las costumbres, el desayuno se mantiene invicto con su horario definido y hasta el contenido, los huevos siguen siendo los preferidos, el café con leche o el chocolate y en nuestra ciudad, afortunadamente en cada esquina hay una venta de arepas, o las hacíamos en la casa, como complemento. El horario para el almuerzo cambió, estudiábamos de ocho a dos de la tarde, con dos descansos en la jornada, nos daban plata para comprar en la tienda o llevábamos lonchera. Todavía no se llamaba así, era porta comidas, estimado Libardo. Almorzábamos de todas maneras y más tarde comíamos, pero nunca nos faltaron las tres comidas.

Y un día no lejano, entraron en escena, las vitaminas, proteínas, los carbohidratos, las grasas, las dietas, los suplementos alimentarios, la obesidad, la bulimia, el estreñimiento, el reflujo, gastritis, sin sal, sin azúcar, nada de fritos, el pollo sin piel, nada de carnes rojas, menos productos de panadería, la leche deslactosada, el café descafeinado, frutas, verduras, mucho ejercicio. La lista es larguísima de tantos y tantos males achacados a la alimentación, que hay momentos en que no sabemos qué podemos comer y para completar, esos queridos alimentos de antes que nos fascinaban, están llenos de sellos de MinSalud.

Definitivamente no es nada fácil ser un viejo normalito hoy en día, todos nos aconsejan, pocos nos escuchan, nos recetan, nos sugieren, hay blogs, podcasts, videos, películas, WhatsApp, correos, Instagram, Facebook, Tik Tok, indicando que si usted quiere tener una vejez sana haga esto y aquello, que pereza tanto compartir, todo por la “calidad de vida, o es por su bien, abuelito”, que al fin hice mi propio recetario, se los comparto, es cortesía de la bailarina interminable, mi admirada Ofelia, que dice, como mucha fruta y verdura, granos integrales en vez de granos refinados, nada de grasas saturadas, todo bajo de sal y azúcar, elijo proteínas vegetales y animales, tomo agua a la lata, sigo caminado, ya bailo muy poco, como carne roja muy de vez en cuando, pollo y pescado, le rebajé radicalmente al licor, a las redes sociales, prefiero aguas aromáticas para dormir, que las pastillas, leo, oigo mucha música, le dije adiós a las noticias en radio, estoy fascinada viendo películas en televisión. Y todas las tardes me verán jugando parqués con mis amigas en la cafetería de la esquina de mi barrio.

Cierto ella tiene enfermedades de respeto, pero es que fuimos alimentados muy bien de niños y sobre todo con mucho amor, tranquilidad y en cada comida nos infundían esperanza y fe en el Creador.


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