La nueva ciudad y los muchachos de antes


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya


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Venir al pueblo, los domingos, desde la finca fue un hito en la vida, tenía tanto significado que nos vestían con la “pinta dominguera”, asistíamos a la santa misa, almorzábamos donde las tías Cadena, nos íbamos para el parque de Bolivar, a conversar con los primos y algunos nuevos amigos, o a caminar por la calle real. Mi papá se iba para el café palatino a jugar billar, y al atardecer, en la chiva de don Antonio, para la finca. Este programa copó mis primeros siete años de existencia.

Ya en la escuela y viviendo en el pueblo, ampliamos el repertorio de actividades, le añadimos nuevas amistades y paseos, porque la abuelita tenía carro, berlina para ser exactos, y salíamos con mucha frecuencia, por el Quindío, a Termales de Santa Rosa de Cabal, al zoológico de Pereira, al aeropuerto el Eden, a bañarnos en ríos, eso era lo mas frecuente, el famoso “paseo de olla”, en los quindos, o en muchos charcos, de los innumerables ríos de nuestra región. Este paseo, constituyó parte de nuestra cultura, de nuestra idiosincrasia, era una institución y había fechas instituidas para realizarlo oficialmente, el seis de enero, era riguroso hacer esta actividad, todo el barrio se reunía para irse a “desenguayar” al rio. Es decir, ocasiones no faltaban para irnos de paseo al rio. Se contrataban señoras expertas en hacer el sancocho y una comunidad entera se reunía a la orilla del rio, para degustar suculento almuerzo.

Esa costumbre sigue con nosotros, los domingos son muchas las personas que se reúnen en rio Verde, a degustar un sancocho y viandas de la sazón quindiana. Se ha llegado a colapsar la vía y el tránsito hacia Pijao, Cordoba y hacia el valle.

Esa vida pueblerina y parroquial se cambió totalmente cuando nos mudamos a Armenia, era una ciudad muy grande para nosotros. Llena de carros, buses y sobre todo mucha gente y tan bien vestida, elegantes, y los niños también. Veíamos “carretillas”, vehículos de tracción animal, y de vez en cuando “recuas” de mulas, con arrieros, iguales a los de la finca de mi abuelo. Nosotros vivíamos en la calle 24 entre carreras 16 y 17, ya teníamos que aprendernos la dirección, que la teníamos anotada en un papel, la cargábamos junto al escapulario, y estudiábamos en la escuela Olaya Herrera, a cuadra y media. Era vida de barrio, en comunidad, nos conocíamos todos, y la ciudad crecía desaforadamente, muchos barrios, edificios, nos hicimos capital de departamento, llegamos a los cien años, y el milagro se hizo realidad.

Entonces, ese crecimiento vertiginoso, un “día para olvidar”, se interrumpió, la tierra se estremeció, y se vinieron abajo edificios, proyectos y muchas vidas. Y empezó una nueva vida para los armenios, que extraña a propios y visitantes. La verdad simple y real, es que Hoy nosotros vivimos en una ciudad ajena, parece que nos la cambiaron, en todos los ordenes de la existencia humana. Hay un crecimiento urbanístico desordenado, en cualquier lote construyen un edificio hasta de quince pisos, cantidades de barrios, condominios, pero continúan los testimonios del terremoto sin dolientes porque nada que se modifican. Nos cuesta trabajo emocional adaptarnos a esta nueva ciudad y no creo, que en estas pocas calles que nos quedan por vivir, nos acostumbremos.

Para los adultos mayores caminar por las calles de la ciudad es una proeza, ir a una cita médica por el parque de los Fundadores, requiere de cuidados intensivos, cruzar las calles, así sea por las cebras es bien difícil y requiere de autorización de los motociclistas, carros y buses. Dicen los que saben, que en este momento hay más motos que carros, pero todo es sin control. A nosotros nos produce malestar estomacal tener que aceptar que no haya autoridad, pero al final de cuentas, es verdad, no hay ninguna entidad que haga respetar lo establecido, que restaure el orden, y retorne la tranquilidad perdida, por ganar un voto.

Como educadores, que no dejamos de serlo, nos preocupan las personas, la gente. Nos causan trastornos emocionales ver tantos habitantes de calle durmiendo a la intemperie, muchos niños pidiendo limosna, tantos pordioseros, hasta groseros y agresivos. Vendedores ambulantes que ya se tomaron las calles del Cam, o de la carrera 16 y 18. Las largas filas en los sitios dispensadores de medicamentos, Y estamos hablando del centro, porque desconocemos como es en los barrios del sur o del occidente.

Esta es una sociopatía, palpable, objetiva, pero hay otra muy perjudicial, subterránea que corroe, y está minando a nuestra juventud actual, es la pérdida de valores, la sustitución de paradigmas nobles por ídolos de papel o musicales. Los muchachos de antes no podemos conversar con los de hoy. Qué mueve, cuáles son los objetivos, cuál es el proyecto de vida de un niño o joven, qué quieren ser cuando sean grandes los que empiezan la vida. Es mejor no preguntar, pero es tan agradable cuando vemos a los jóvenes que ayudan a pasar la calle a un entrado en años, o le cede el puesto en el bus, o siquiera le atiende con respeto. Y lo mejor de la historia es que todavía hay muchos, que lo hacen.


Faber Bedoya Canales

Educador, escritor y autor colombiano.



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