Los pecados capitales y su reunión


Por Manuel Gómez S


Después de leer en internet este texto, el cual encontré y me pareció genial, lo quiero compartir, en esta ocasión con mis contactos y amigos en las redes. .

Porque se deduce que jamás se llega a un acuerdo cuando se piensa con egoísmo. Así que espero que leas bien y saques tus conclusiones.


Después de haberse reunido a deliberar acerca del estudio, las buenas costumbres, el bachillerato y la universidad, y en general, del futuro de la educación, sin ocultar ciertas situaciones embarazosas, la pereza, la gula, la avaricia, la soberbia, la ira, la envidia y la lujuria empezaron una discusión que, muchos creían, no iba a tener un final siquiera aceptable. Habían leído a Nietzche, pero no estaban muy seguras acerca de lo que realmente deseaba cada una. Es más, cada una sabía que nada cambiaría su espíritu.

La pereza pidió que no hubiese colegios, escuelas, universidades, cercanos o distantes, porque sería muy horrible tener qué desplazarse hasta allá. Que, si se creaba el estudio a distancia, hasta lo pensaría o que, si entraba a Internet, hasta de pronto estudiaría. Pero, en verdad, qué pereza estudiar o revisar, aunque fuese, una hoja en blanco.  Claro que le encantaría encontrarse con ciertos profesores universitarios, porque sabía que jamás preparaban clase, se informaban, estaban al día. Hasta de pronto, le gustaba la idea de estudiar. Quería aprender a no aprender.

La gula prefirió llenarse de muchas delicias frutales, verduras, y comida, pero pidió que las letras, el pensamiento, los idiomas quedaran fuera de su alcance. No valía la pena gastarse el tiempo en cosas tan inútiles sabiendo que podía llenarse hasta más no poder de las cosas deliciosas que le proporcionaba la vida y que prefería sentirse en la Roma de las comilonas a la Grecia del pensamiento.

La avaricia se sentó en un árbol a pensar sobre cómo alcanzar el infinito. Nada de universidades, colegios y cosas por el estilo, pues hasta Grecia era para ella, sin proponérselo. Todo lo quería para sí. Mientras más amasara, más feliz sería su vida. Tener todo, menos sentir que debía apoltronarse a leer o pensar en filosofía. 

La soberbia estaba tan enceguecida que no veía más allá de lo que los otros deseaban. Esa prepotencia y el presumir que todo era para su vanagloria, le impedían pensar que podía tener un tutor o un guía. No había quién le guiase, pues estaba convencida de que nada necesitaba ni requería de nadie, pues se consideraba hechura de sí misma. Además, sabía que algunos profesores, llenos de títulos, diplomas y cursos estarían allí para representarla.

La ira estaba roja de la ira. Era tanta la ira que no podía hilvanar palabras, frases o párrafos. Todo lo que pensaba decir, lo disimulaba para no quedar mal con los demás. Gritaba y gritaba, pero no le podían comprender. La razón, porque con sus gritos, nada se le entendía. Además, daba golpes sobre la tierra, golpeaba las paredes y al mismo tiempo gritaba para que le escucharan. Pero, nadie le podía entender, definitivamente. Se le notaba la ira. Era la ira de no entender que estudiar era importante.

La envidia estaba tan ocupada en hablar mal de quienes hacían las cosas bien, que no le quedaba tiempo ni para estudiar filosofía, idiomas u otra materia. Prefería perjudicar a crear. Prefería analizar cómo acabar con los demás hasta dejarlos pisoteados y antes que nada, que sintieran que no iban a sobresalir por sus buenas obras, sino que alguna mancha, mostrando sus aspectos negativos, iba a denunciar a esa persona. Prefería inventarse los mayores chismes acerca de los demás, para verlos caer como hojas en otoño. Que del estudio no le comentaran nada.

La lujuria estaba demasiado ocupada. No tenía tiempo para estudiar o pensar en bachillerato, universidad, cursos. Estaba relamiéndose y degustando su gusto por el apetito desordenado de los placeres. Estaba totalmente imbuida en el erotismo. Nada le importaba más que sentir el placer de lo erótico y de la vida que le daba la oportunidad para ser así. Le gustaría que hubiese un sitio para estudiar, pero en busca de las niñas más lujuriosas y de los hombres con mayor deseo. Soñaba con juntarlos y que hubiese lujuria por doquiera.

Por consiguiente, nadie daba razón. Las conclusiones no salían y era desesperante una reunión en la cual cada uno exponía su punto de vista, pero no conjugaban unidad de criterios.

Definitivamente, esos siete especimenes no podrían llegar jamás a un acuerdo. No sabían sino trabajar en forma independiente. Comprendían que estaban allí únicamente para torpedear, estropear, ser indiferentes, humillar, pero no para pensar en universidad o en futuro alguno.

“…cualquier clase de cultura se inicia con lo contrario de todo lo que hoy se elogia como libertad académica, es decir, se inicia con la obediencia, con la subordinación, con la disciplina, con la sujeción”



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