De los chismes y cuentos de antaño a las publicaciones y mensajes en las redes sociales


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya Cadena

Imagen por Geralt de Pixabay


Esa tarde cuando llegamos a la casa, mi mama ya sabía que Julián, mi hermano, no asistió a la escuela, sino que se había ido para la quebrada “hojas anchas” a bañarse, con varios compañeros del grado quinto. Cómo lo supo, porque, siempre era un “pajarito” que le contaba todas las cosas, las malas, porque las buenas, nunca aparecían. La pela que le pegó mi papá, monumental y el castigo sin salir a la calle, fue de un mes. Hice mis averiguaciones, pesquisas y descubrí al vecino chismoso y me las arreglé a la manera de la época, le retiré la confianza, no le volví a hablar, nunca más, no le presté tareas y lo desprestigié ante mis amigas.

En el barrio existían señoras y también señores, que se encargaban de llevar y traer los cuentos de los vecinos, amigos, conocidos y ni los familiares se escapaban de esos corre ve y diles. “Imagínate dónde vi a Marcos y con quién iba, en el sitio qué estaba Andresito” y seguían unos comentarios muy destructivos de la fama personal, pero lo grave y que persiste todavía, era la imposibilidad de rectificar o de aclarar la situación y la persona se quedaba con el pecado y sin el género, porque quedaba la duda y la duda ofende, decía mi tío Libardo. El chisme fue una entidad en nuestra sociedad, un pasajero indeseado, huésped inesperado, un cuento con final infeliz, un enredo apestoso en las relaciones, ausencia de verdad, sinceridad, amor al prójimo, campo de falsedades, maldadosas intenciones, tergiversación de la información.

Vinieron más adelante las noticias radiales, como una forma de comunicar más regionalmente los sucesos, inclusive había secciones en las emisoras que hablaba de “chismecitos de los famosos”, para no olvidar esa arraigada costumbre nuestra. Un eslogan radial decía “hasta no confirmar, no lo decimos”, precisamente para evitar la desinformación, porque fueron muchas las veces que anunciaron la muerte de deportistas, políticos, artistas, hasta papas, personajes ilustres. Tanto que, alguien acuño la frase “los muertos que vos matáis gozan de perfecta salud”. Lo cual introdujo la exigencia de rectificar, cuando el mencionado se consideraba lesionado en su buen nombre o reputación antes de convertirse en delito de injuria o calumnia. Pero se seguían pasando reportes que contenían el “dulce sabor del chisme”, como se llegó a llamar.

Es que me pica la lengua no poder contarle lo que sé de Marujita, ahora lo que vi de Hernando, yo si no hablo de ninguna mujer, nunca, pero aquella que va allí, humm, hay Dios mío, que la compre el que no la conozca. Me falta vida para contarles los cuentos que tengo de mis compañeros de trabajo…

Después de las noticas radiales vinieron los telegramas y marconis, se pagaba por palabra y valía centavos. “mañana llego esa, aliste caballo” y aquí también se pasaban noticias, datos mensajes chismosos, se hacían bromas, mejor la sola redacción de por sí, era un chiste. Padre querido, año perdido, y le respondió el padre, hijo del alma, prepara la nalga. Después las noticias las leímos en los periódicos, todo más serio, muy revisado, bien elaborados, con derecho a las rectificaciones, tenía secciones para los lectores. Y lo máximo fue la televisión, muy serios y bien elaborados, con imágenes que nos dejaban boquiabiertos, lo que dijera la televisión era lo definitivo, después lo comprobábamos leyéndolo en los periódicos nacionales.

Pero circulaban también unos periódicos un poco banales, no tan serios, pequeños, con formato diferente y que informaban sin difamar, como el agradable “El Espacio”, y la despampanante mona en la última página con la columna de Juan Lumumba, que resultó ser el periodista Juan Gossain, en sus comienzos. Pero el chisme definitivamente está pegado a nuestra idiosincrasia, es heredado, congénito, adquirido, aprendido, contagioso, el que no haya hecho siquiera un chismecito en la vida, que “escupa esa herejía”.

Nuestra vida social y comunitaria en el condominio era muy agradable, sabíamos lo necesario de los demás, para vivir bien, nos colaborábamos, pagábamos las cuotas de administración puntuales y cuando había cuotas extraordinarias se hacían los esfuerzos pertinentes, pero éramos más los cumplidos que los morosos. Un día de esos que uno no quiere acordarse, al celular tan querido que era, le apareció un hijo indeseado, las redes sociales, que aparecieron formalmente en 1997 con el lanzamiento de SixDegrees.com, una plataforma que permitió por primera vez a los usuarios crear un perfil y generar listas de amigos.

En la actualidad las más famosas y que acumulan millones de usuarios diarios son, Facebook, sigue siendo la red social más poblada del planeta, superando los 3.070 millones de usuarios. YouTube, la principal plataforma de video del mundo y el segundo buscador más utilizado en internet, sumando 2.580 millones de usuarios. WhatsApp, cuenta con más de 3.000 millones de usuarios activos mensuales en todo el mundo, se envían 140.000 millones de mensajes cada día. y se envían cerca de 7.000 millones de mensajes de voz al día. Instagram, con cerca de 3.000 millones de usuarios. TikTok, la plataforma de videos verticales de formato corto nacida en China es la más joven en consolidarse, acumulando, y no tiene sino 1.990 millones de usuarios globales. Entonces don Elías y doña Rita que eran los encargados de mantenernos al día, perdieron su oficio, ya todos nos informamos a través del grupo de WhatsApp del condominio.

Pues hasta ahí está muy bien, pero se han utilizado las redes para tantas y tantas, innumerables situaciones indeseables que nos falta vida, afortunadamente ya corta, para narrar todas las que nos han pasado con las redes, sencillamente nos han despellejado, robado, estafado, hemos conseguido novia, amante, nos divorciamos, nos han visto casándonos, votando por ese zutano, inflando costales, sirviendo de fiador, comprando puentes donde no hay ríos, o pidiendo plata prestada para atender a mi madre enferma, de malas porque murió hace quince años. Y lo simpático es que la persona contactada les dijo, sí con mucho gusto, vengan aquí a mi casa por la plata, era mi hermana, además de ladrones, brutos, todavía los estamos esperando.     


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