Encuentros cercanos del tercer tipo


Desde el octavo piso, por Faber Bedoya Cadena


La verdad es que todo marchaba normal, pero este mal venido terremoto no solo, nos derrumbó toda la mampostería, sino que desnudó las grietas en las relaciones familiares, contradicciones, y desavenencias, alrededor de lo obvio, la imperiosa necesidad de cambiar. De eliminar archivos en forma de “chécheres”, papeles viejos, ropa almacenada a lo largo de años, curiosos objetos de cobre, álbumes de fotos descoloridas, vasijas de barro, vajilla intocable herencia de abuela, manteles, mejor dicho, faltan camiones para trastear lo intocable, que se acumula en treinta y cinco años viviendo en el mismo lugar.

Encontramos en un lugar muy especial, las calificaciones de quinto de primaria de la señora.

Nos llenó de orgullo comunitario constatar que, la reestructuración del 99 quedó impecable, el reforzamiento y encamisado de las columnas estuvo muy bien hecho y soportó cabalmente la fuerza del terremoto. O sea, la parte estructural pasó la prueba, pero se rajaron los muros que separan las piezas, el comedor de la cocina, las fachadas, los salientes, los techos de los cuartos pisos, las escaleras, los muros de las ventanas, las áreas comunes sufrieron mucho. Hablo por el conjunto residencial, de la cooperativa integral cafetera.

Pero recalquemos la parte estructural, lo básico del edificio, se comportó muy bien.

Entonces cómo reaccionamos los vecinos ante esta tremenda realidad, nacida y criada en lo imprevisto, con materiales de incertidumbre, que para algunos duró un día, dos, semanas, meses, o no ha terminado aún. A los señores del segundo piso, un par de adultos muy mayores, la hija los llamó ese mismo día, “lo más importante, no les pasó nada, se van para mi casa”, desocupen, saquen lo necesario y lo mandamos a arreglar. A don Antonio y doña Marta desde ese día no los vemos, ya le arreglaron la vivienda, pero faltan las áreas comunes, “entonces esperamos”. A los apartamentos del bloque 5 al ocho, no les paso mayor cosa, los bloques 2 y el 9 están muy dañados, pero recuerden solo mampostería, no se pueden habitar, tienen que ser evacuados para repararlos y esto dura de seis a ocho semanas.

Pero siempre hay algunos indiferentes o tercos, como Gabriel del tercer piso bloque 9, quien nunca se fue de allí. Marina, cuarto piso, sin techo, con plásticos, y ahí sigue. Nidia tercero bloque 2, que no quiere salir, “no pasa nada”. Entonces qué se hace, pregunta doña Martha, la administradora, o cómo le parece la de don Mario, de un cuarto piso, que le puso un derecho de petición a la administradora “porque no hacía nada”.

Y siguen más datos, que lo hacen es revolvernos el estómago, porque empezamos a exigir soluciones a quienes solo hacen, de muy buena voluntad, tramitar informes de ingenieros y peticiones ante aseguradoras y autoridades pertinentes.

Nuestra aseguradora respondió, nos asignó una cifra, la recomendada por el ajustador de la compañía, pero la fecha del desembolso, incierta, el arquitecto contratado por nosotros, ajustó el presupuesto a la cifra estipulada, no se inicia el trabajo, es necesario el anticipo. Igual sucede con las áreas comunes.

Otra semana que pasa, otra que llega y no hay una respuesta, de nadie, y mientras tanto algunos seguimos esperando y no sabemos qué. La esperanza está totalmente agrietada, nos mantiene la fe en Dios y sabemos que esto también pasará.

Pero honestamente esta es una situación que se sale de nuestras manos y como tenemos más de ochenta sacudidas, pues peor. Nosotros logramos al fin, gracias a la gestión de los hijos, alquilar un pequeño apartamento de 35 metros, un solo ambiente, por dos meses, mientras duran las reparaciones, pero cómo saber cuándo, sin no han empezado, porque la aseguradora no ha desembolsado, y la verdad, somos impacientes e incapaces de sentarnos a esperar, y esperar, nos vamos desesperando, pero estimado profesor, hay que hacerlo, tranquilo esto también pasará.

En este interregno en el cual estamos viviendo, nos encontramos con los antes, vecinos amables y cordiales del condominio, y todos nos volvimos desconfiados, pasivos, inquietos, individuales, “y usted en que va, nada todavía, la semana entrante terminan los trabajos, pero faltan las áreas comunes, yo no sé qué pasará, no me puedo pasar todavía, me voy para donde mi mamá a Guasca Cundinamarca, y mi esposa se queda ahí en el apartamento, sola”. Y siguen 64 explicaciones, razones, excusas, aclaraciones, justificaciones, sublimaciones, demandas, “enverracadas” en silencio, explosiones contra quien menos se las merece. Y hay unos tan tranquilos, pues no les pasó absolutamente nada y al vecino si, no se sabe que sentir, rabia, envidia, alegría, o qué. En el fondo nos alegra que en el condominio hay otra vez vida, en minúscula, pero hay personas a las cuales no les pasó nada, entonces no se fueron, siguen ahí, otros que los daños fueron menores y ya los arreglaron y a otros en estos días les entregan su vivienda, arreglada.  

Hay ratos en los cuales nos sentimos participando en un reality, cuyo premio mayor es volver a la normalidad perdida. Otras, como cuando hablo con la señora Diana, cuya tranquilidad asombra, a pesar de haber invertido un dineral en arreglar la cocina y precisamente el muro que la separa del comedor se agrietó, hasta el punto que hay que derrumbarlo y de paso se lleva toda la reformada y elegante cocina. Y me excusan, porque llegó el ajustador de las áreas comunes, a ver qué nos dice.


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