Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya Cadena
Con frecuencia le oímos decir al abuelo, “a lo único que le tengo miedo es a sentir miedo”, desde luego eso no lo entendíamos, pero siempre crecimos con el concepto que los hombres no sienten miedo, que en partes más oscuras nos ha cogido la noche y tranquilos y no faltaba el tío chistoso que decía “a lo único que yo le tengo miedo es a una escasez de mujeres”, pero el miedo no estaba incluido en el menú actitudinal de las generaciones de antaño. Sin embargo, el miedo en esas épocas, también era aprendido, alguien nos enseñó a tenerle pavor a la oscuridad, a la soledad, a los muertos, a los fantasmas, a los animales, al coco, al diablo, a los mayores, al papá le teníamos, no respeto, físico miedo, eran muy lejanos. Nuestra madre no nos pegaba, ella le contaba todas nuestras travesuras a mi papá y el cual contador estricto, nos pegaba tantos correazos como larga fueron las quejas.
Después fue el miedo a la escuela, a los maestros, a don Ramón, que fueron muchos los reglazos que me gané por mis pilatunas o diabluras. A propósito, el diablo se debió verse en calzas prietas con los muchachos de antes, porque nosotros fuimos los que inventamos las mentiras, le pusimos la cola al burro, nos colgamos de la media luna, delante de nosotros no iba sino la sombra, y mejor dicho, no quiero despertar a don Sata. Si, los maestros nos aplicaban severos castigos físicos, hasta maltrato emocional, recuerdo una cartilla que traía una foto de un niño castigado en una esquina del salón, con un letrero en el sombrero que decía Burro. Una profesora para castigar a las niñas que no hacían la tarea les decía, parecen indias de las Guajira. Fuimos alumnos en esas épocas lejanas de la educación por lo tanto podemos dar testimonio de primera mano. La tradición oral nos trajo otro tipo de personajes para surtir nuestros miedos, entonces fue la pata sola, el mohan, los ogros, los espantos, el ahorcado. La literatura infantil nos presentó a la bruja malvada, el lobo feroz, las hadas que convertían los príncipes en sapos, los castillos y los bosques encantados, la religión hizo su aporte muy importante en nuestra vida, ciertas predicaciones en las cuales el pecador estaba condenado y no tenía derecho a la vida eterna, el pecado tuvo un capítulo muy especial en acrecentar nuestro catálogo de miedos infantiles y juveniles. El miedo sigue en nuestro diario vivir como una emoción natural y básica que se activa como un sistema de alarma en el cerebro ante la presencia de un peligro real o imaginario. Cuando sentimos miedo, el sistema nervioso se acelera de forma inmediata y ocurren cambios físicos para prepararnos para la acción, el corazón late más rápido, aumenta la respiración, se libera adrenalina en la sangre, los músculos se tensan, y algunos salen corriendo o se paralizan o hasta hacen sus necesidades ahí mismo. Pero es aprendido, nos enseñaron a tenerle miedo a muchas cosas desde chiquitos y ahora aprendimos a manejar los miedos, los estamos sublimando, utilizamos mecanismos de defensa, terapias como la desensibilización sistemática, el sicoanálisis, de manera que los impactos sicosomáticos que produce el miedo son cada vez menores. En nosotros los adultos mayores, el miedo se manifiesta con síntomas físicos notorios, cambios de conducta y malestares emocionales que a menudo se confunden con dolencias propias de la edad. El cuerpo expresa la angustia mediante dolor de cabeza, el pecho, mareos o molestias en el estómago, aparecen el insomnio o las dificultades para conciliar y mantener el sueño, cansancio sin una causa aparente. Se observa inquietud constante, confusión, llantos frecuentes, lo cual demanda atención continua o la presencia permanente de un familiar, evitan caminar o salir a la calle debido al miedo intenso a tantas cosas que ya ni saben cuál de todas es.
Esto es válido, creíble, aceptado por el mismo y su familia, tratable, hasta cuando se presenta un terremoto como el del pasado lunes 10 de agosto.
Desde luego los miedos actuales tienen otras dimensiones y vienen con empaques sofisticados, ya no son ocasionados por agentes cercanos, sino vienen del entorno social, comunitario, derivados del solo hecho de existir. Cuando nosotros nos enfrentamos a una situación de riesgo, se siente el miedo, por lo general, de una manera adaptativa, vale decir, aceptamos el hecho, sin formula de juicio, “qué podemos hacer, nada, que sea lo que Dios quiera”. Y esperamos a ver que pasa. Hemos adquirido tal conciencia de las situaciones que nos rodean, que repetimos a diario esta oración, “señor danos valor para cambiar las cosas que puedo cambiar, serenidad para aceptar las que no puedo cambiar y sabiduría para reconocer la diferencia”, cierto estimado Guillermo.
En el otro platillo de la balanza están los adultos mayores que ante las situaciones de riesgo, se vuelven irritables, presentan conductas constantes de evitación, negación, proyección, demuestran desadaptación ante las situaciones agresivas y cambiantes de sus estados de confort, de su estilo de vida, de su querencia natural, sus apegos, manifestando mínima resistencia ante la frustración y máxima resistencia al cambio. Necesariamente tiene que haber un punto medio, moderado, y son aquellos que aprovechan las situaciones problemáticas como oportunidades fabulosas para cambiar, para estrenar nuevos estilos de vida, para incrementar fortalezas, corregir debilidades, aprovechar las nuevas oportunidades y eliminar amenazas.
Nada de nervios, lo que si tenemos que evitar es el miedo a vivir y vivir bien, al éxito que esta al alcance de nuestra férrea voluntad, y todavía no se asoma el cansancio por existir, persistimos, resistimos y no desistimos.
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