Este mes cumplimos las semanas requeridas para acceder a otra pensión por supervejez


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya C


La semana pasada, entre vítores y asombros, dimes y diretes, pero todos con una sonrisa a flor de piel, nos reunimos los miembros del grupo de la tercera edad, para celebrar los ochenta años de Juan de Dios, pensionado de nuestra empresa. Pero la mención tiene relevancia porque fue un funcionario muy normal, cumplidor del deber asignado, tranquilo, sereno, discreto, reservado, sin destacarse, vivió su vida de empleado en modo supervivencia. De joven perteneció al sindicato, participó en todas las marchas en pro y en contra, afirmó, contradijo, rechazó, marchó a pie una vez, hasta Bogotá y allá en la lejanía se le oyó su voz, cuando pronunció un discurso sobre un jeep, en la plaza de Bolivar, y de eso hay testimonios gráficos, y en diarios nacionales. Buen deportista, excelente jugador de futbol, seleccionado departamental como ciclista destacado y participante en varias competencias nacionales. Y es otra persona hoy, totalmente transformado, le aprovechó mucho la pensión.

Su historia laboral transcurrió en el departamento de comunicaciones y como era profesional lo nombraron director del centro. Con el correr del tiempo, se perdió entre el marasmo del conjunto de funcionarios, lo absorbió la vida muelle, alcanzó una zona de confort muy estable y cómoda. Parecía un ejecutivo al cual la vida no le iba a pasar, los años no lo tocarían, menos pensar en jubilarse, pensionarse, lejos de pensarlo, tal vez, cuando cumpla los setenta. Desde muy joven trabajaba en la institución, terminó bachillerato, estudios superiores, contrajo matrimonio con una compañera de trabajo, sus hijos estudiaron becados por la empresa, son profesionales, hicieron un posgrado y ahora trabajan de manera independiente. Muy organizado económicamente, unión conyugal vigente, estable y los hijos ejemplares como personas y trabajadores.

Una tarde el jefe de personal, contemporáneo de la mayoría de funcionarios, citó a una reunión de “prejubilados”. Él era amigo, muy amigo de todos, y eso lo hizo calladito, a espaldas de todos, por sugerencia de la nueva oficina de Control Interno y disciplinario. Y nos miramos, nos vimos viejos, candidatos a jubilados, quien lo iba a creer, mi estimado Juan de Dios. Era el año 1995, recién implantada la ley 100 y las condiciones para acceder a la pensión cambiaron, entonces era necesario que todos los empleados conocieran las nuevas disposiciones legales y supieran a qué atenerse de aquí en adelante.

“Para pensionarse bajo la ley 100 de 1993 en Colombia, empezó a explicar el doctor Ariel, los requisitos según el régimen público, antes el Seguro Social, ahora Colpensiones, se requiere cumplir 57 años las mujeres y 62 años los hombres y 1.300 semanas cotizadas. En los fondos privados, AFP, se necesita el mismo rango de edad y un capital ahorrado suficiente o, en su defecto, 1.150 semanas, cotizadas”.

Había suficiente claridad al respecto, el doctor Ariel ya tenía la historia laboral de todos sobre la mesa, y a partir de la semana entrante, de acuerdo con un programa establecido, se entrevistaría con cada uno, para entregarle el estado actual frente a la situación pensional.

Y fueron muchas las preguntas, las aclaraciones, las historias contadas de la trayectoria en la institución, Juan de Dios estuvo callado, pero Javier, el de publicaciones, hizo un pormenorizado recuento de su vida como funcionario, y terminó su intervención con la voz entrecortada, lleno de nostalgia porque se tenía que ir de su amada empresa. “así es la vida, las personas pasan, las instituciones quedan”, sentenció el doctor Orozco.

Y sin más reparos, ni discusiones, empezaron a recolectar los documentos requeridos por la oficina de personal para acceder a este derecho. Se presentó la solicitud y el 28 de mayo de 2006, mediante la resolución numero 006138 se le concedió a Juan de Dios, la pensión de vejez. Lo cual significó la desvinculación definitiva, sin bombos ni platillos, de la institución a la cual le dedicó, increíblemente, 42 años de su existencia. Y fueron varios los que salieron en esa ocasión.

La vida le brindó todas las posibilidades de hacer balances e inventarios de su vida como profesional activo, en ejercicio, como hijo, esposo, padre. Fue un ser trascendente, dejó huella en los puestos que desempeñó, todo el tiempo en la misma institución, ejemplo de organización, poseedor de una memoria fantástica histórica, fotográfica, anecdótica. En su cabeza albergaba datos increíbles, que solo él recordaba, pero se verificaban y sí habían sucedido. Se daba gancho con Humberto, que también tenía muy buena memoria.

Y emprendió una nueva vida, ingresó a este honorable club, del cual hace rato somos miembros distinguidos, este mes cumple 80 años de edad, y llega a los 20 años de retirado, 1080 semanas vividas en este estado, tiempo suficiente para acceder a otra pensión, esta vez por testarudez ante la vida, o de supervejez, y supera los requisitos de la edad.

Ahora la vida le brinda todas las oportunidades de hacer balances e inventarios de la vida como pensionado, y efectivamente tomó la palabra y comentó, ustedes saben que este año tuve una crisis muy impresionante, estoy vivo por la gracia Dios. Y El me envió un mensajero, y es precisamente de eso que quiero hablarles, “llegué donde ese doctor muy mal, derrotado, sin salida aparente, no lo conocía, ni el me conocía. Después de escuchar mi situación y revisar los documentos que le llevé, me dijo, “usted tuvo un hijo especial, y fue un buen padre, yo lo recuerdo mucho, a toda hora estaba con él, por la calle, en la ciclovía, en misa en la catedral, esas personitas de luz y amor, no mueren, y hoy a través mío, le estamos diciendo, usted está completamente sano, recuperado y en su memoria, sigue adelante, eres libre”. Me faltan las palabras para darle gracias a Dios.


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