Los vitrales de la tenacidad y la constancia, en la iglesia de mi pueblo

Los vitrales de la tenacidad y la constancia, en la iglesia de mi pueblo


Desde el octavo piso, por don Faber Bedoya


Asistimos la semana pasada a la ceremonia de grado de Medica, de la hija de Fernan, un entrañable compañero del grupo de adulto mayor y después una discreta recepción en un elegante hotel de la ciudad. Y este hecho tiene un especial significado, porque la historia de Fernan y Mariela, es ejemplo de tenacidad, superación, y amor responsable de esposos y padres de familia y en la reunión de hoy, Fernan, nos narró esta historia de su vida, desconocida por todos,

Todo sucedió alrededor de la galería de mi pueblo. Don Ignacio, padre de Fernán, era el dueño de las cantinas que estaban en las dos entradas principales al mercado y su obsesión era darle estudio a sus tres hijos. Uno prefirió el transporte de jeeps, pronto conducía y llegó a tener varios vehículos, rápido hizo vida propia. La niña, terminó bachillerato, se enroló con el hijo de un ganadero, se la llevó para la finca y hasta ahí llegó su vida. Fernán, bachiller, se vinculó a la Universidad a Distancia, se graduó de licenciado en Básica Primaria, ya era maestro en la vereda Naranjal del corregimiento de Pueblo Tapao, lo trasladaron al Instituto Montenegro. Conoció a Mariela que estudiaba Contaduría, la condición era que pudiera seguir estudiando, “claro que sí, yo la apoyo en todo”. Ella era hija de don Ignacio, propietario de dos graneros en el exterior de la galería y dueño de una hacienda cafetera muy grande, la niña era la luz de los ojos de ese señor, pues los muchachos eran díscolos, buenos para gastar y vivir bueno, sin hacer nada. No duraron mucho de novios y se casaron.

Mariela siguió estudiando, se graduó, ya tenían dos hijos, la parejita y dijeron no más. Cuando terminó, se le presentó la oportunidad de hacer una especialización, pero cómo le decía a Fernán, que tantos sacrificios había hecho para que terminara el pregrado, con los hijos, con la casa. Se atrevió, le dijo, él aceptó gustoso, “claro que sí, yo la apoyo en todo”. El costo era alto y los ahorros no alcanzaban, se hizo un préstamo en Icetex; el seguía dueño de los cafés en las entradas de la galería. Mariela empezó la especialización, murió el papá de Fernán, heredó el café principal de la galería, siguió siendo maestro, y tenía una afición desconocida, pero bien patrocinada, era pintor de vitrales en la iglesia del pueblo y respaldado por el cura párroco, el padre Augusto. Entonces era maestro de lunes a viernes, pintor de los vitrales de la iglesia en las tardes, se llevaba a los dos niños para su galería, el cura y algunas señoras le colaboraban con las tareas de los hijos, el niño le ayudaba en las faenas de artista, por las noches daba vueltas al café, hasta las horas de cerrar y los sábados y domingos que Mariela estaba en la casa. Ella trabaja en la división administrativa de la universidad, era don Fernan, “el profe” le decían, el dueño del más grande café de la galería y lidiaba, no con alumnos, sino con coperas y borrachos.

Y Mariela terminó su especialización, se matriculó en una maestría y sin reparos le contó a Fernan, lo hecho. “claro que sí, yo la apoyo en todo”. Ella había heredado muy buenas propiedades, tenían carro, casa grande en el pueblo, vendieron los graneros, hicieron inversiones, eran prósperos, el seguía de maestro, dueño del café más grande de la galería y pintor, ya casi terminaba el ala derecha de la iglesia, pues le había prometido a su hijo mayor y ayudante, que el grado de bachiller lo realizarían en la iglesia, para inaugurar su obra.

En el vitral que se extendía desde el altar hasta la puerta principal por el lado derecho, se plasmaron las figuras de los santos patronos de nuestros abuelos. La sagrada familia, San José, María y el Niño, San Antonio, San Judas Tadeo, San Cayetano, Santa Marta, el arcángel Miguel, Gabriel, Santa Eduviges, el señor de los Milagros, Santa Barbara, el niño Dios, el ángel de la Guarda, la virgen del Carmen. Realmente eran muchos y muy bien dibujados. Como siempre, no faltaron las intrigas para que pintara el santo preferido de algún parroquiano, como San Emigdio protector contra los terremotos. Ofrecimientos de dinero para que estampara la figura de la hija, la señora, la querida, la familia de algún feligrés adinerado o poder. Con el padre Augusto se seleccionaron, en definitiva, los santos a pintar.

Y se realizó la ceremonia de grado de bachilleres en la iglesia con una misa solemne y la presencia del señor Obispo, se inauguró el vitral, habló el hijo de la pareja, se resaltó la labor de ese padre dedicado llamado Fernán y la colaboración decidida de su esposa Mariela, hoy destacada funcionaria de la universidad. En esa ocasión se anunció la iniciación de la pintura de los vitrales del ala izquierda de la Iglesia debidamente patrocinada por la diócesis, con los pasos del viacrucis y algunos santos “ya seleccionados y definidos”.

El hijo de Fernán hoy es profesor en la carrera de Artes Plásticas de la universidad, la hija médica y los dos pensionados, hoy compañeros, jóvenes, son de los que apenas llegan a los 70. Y oyéndolo, concluimos que entre nosotros también tenemos historias con final feliz, porque fueron muchos los problemas y las dificultades que tuvo que sortear para llevar a término su obra y aquí se destacó lo positivo de tan importante realización personal y artística.  


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